Duerme

Nav Melech.-

Contesté: -¿Hoy? 26 de Julio-, y al instante papá gritó enérgicamente y salió corriendo hacia el balcón: -¡Papá duerme! ¡Duerme! ¡Un 26 de Julio!-

Mi abuelo murió el 26 de Julio del año 2096. Papá dijo que yo tenía que ir a su casa para recopilar textos y vivir cierta parte de su ausencia. Accedí por mi labor de escritor, o simplemente por mi papel de desempleado. Besé a mi esposa y a mis dos hijas, y me encerré por dos meses en lo que fue la casa de Gallardo, mi abuelo.

Confieso que no todos los escritores necesitamos del alcohol para hacer sangrar unas cuantas palabras, pero yo no soy uno de ellos. Yo soy de esos escritores que necesita ir a la tienda más cercana; enamorarse de los ojos de la mujer que atiende en el mostrador, memorizar su nombre, el de su hijo y el de ambos padres que la cuidan de una persona como yo; después de eso, beber incansablemente y acto seguido encerrarme en un cuarto oscuro para poder escribir. Escribir sobre lo que sucedió durante estos meses en donde me dediqué a masticar las palabras de mi abuelo.

Encontré apuntes uno encima del otro, también decenas de grabaciones con su voz anciana y otras más con su voz joven; y al fondo la voz de un niño pequeño, seguramente la voz de mi padre que buscaba la atención del suyo al otro lado de la puerta del estudio.

Y así comencé a escribir. Siete renglones después comencé a soñar con una mujer de unos setenta años; ojos negros como el fondo del mar, manos largas y arrugadas, un vestido negro, cejas pobladas y dientes amarillos, -casi insultantes-. Al instante supe que estaba en la presencia de Hermenegilda, la bruja de la cual mi abuelo tanto me habló en sus últimos días.

Hermenegilda fue la bruja más querida de mi abuelo, la misma que le ayudó a terminar su primera novela a los veinticinco años. Ahora aparecía conmigo, seguramente para ayudarme; pero yo sin saber que su propósito era todo lo contrario. Comenzó a hablarme de mi futuro, de mi pasado, de mi esposa y de mi amante que vive cerca del mar. Me besó en las mejillas y dejó una marca negra, ardiente y molesta; como la primera picadura de una abeja.

En el mismo sueño me llevó a platicar con mi abuelo; quien en ese momento tenía la misma edad que yo. Ambos nos encontramos en la tienda comprando cerveza, él no me reconoció pero igual quiso pagar lo mío. Regresamos a la casa y me dejó entrar sin mostrarme importancia. Se veía un poco borracho mientras fumaba de los cigarrillos más baratos y corrientes que había. Me platicó de su primera hija, de cómo la perdió un día en un parque de la ciudad; también de cómo eso provocó que su primera esposa se alejará de él para siempre. Gallardo no lloraba de tristeza, sino por un malestar contenido, un odio interno que enterraba con poemas y mucho licor.

Hermenegilda me regresó a él dos semanas después. Mi abuelo ya con cuarenta años, me corrigió dos cuartillas de mi primera antología de cuentos; y en sus ojos se notaba la inconformidad con muchos de los textos. -Escribes con mucha tristeza y nostalgia, hijo. Y no sé por qué.- Me dijo confundido. Antes de volver del sueño, Hermenegilda me llevó a mi futuro. Donde me mostró una familia difusa, sin nombres ni rostros, varias hijas e hijos corriendo por la casa de mi abuelo. -Ellos son parte de tí, y tú de ellos. Y ellos aún no existen, como tú tampoco.- Y de golpe me desperté.

La casa comenzó a hablarme. No es la primera vez que mi soledad se mezcla con mi ansiedad y dan a luz a la locura, podría decir que ya estoy hasta mal acostumbrado; pero esta vez era diferente, desconocido y preocupante.

Hermenegilda me llevó al pasado de mi abuelo. Me mostró la violencia que contaba mi padre cuando el alcohol hacía su lengua bailar y confesaba. Me mostró cuando su segunda novela ganó un premio y se bebió hasta el último centavo, no sin antes donar mil pesos a una florería. También me mostró el amor incondicional hacia su segunda esposa. Ví la pelea constante que tuvo Gallardo consigo mismo por años, luchando con sus palabras, con sus desconocidos, con su alcoholismo, con sus amigos muertos y sus enemigos vivos. Hermenegilda me dijo que mi abuelo había tenido sus peores años de vida en esta casa y también los mejores.

Una vez que terminé mi antología tomé las llaves del portón y me decidí a salir, sin saber que Hermenegilda y Gallardo me esperaban en la puerta. No me dejaron salir. Me prometieron que encontraría más respuestas a mis palabras si me quedaba unos días más con ellos. Sabía que algo malo habría de pasarme si me quedaba más tiempo en estas paredes; así que luché para alejarme, pero ellos fueron más fuertes que yo.
Dos años después papá vino a buscarme. Me encontró hablando con Gallardo al fondo del patio, los dos jugando ajedrez y con centenares de colillas a nuestros pies. Mi mirada estaba completamente perdida en el futuro y en el pasado; había dejado de escribir, de comer y de sonreír. -Papá, deja a Daniel en paz. Déjalo ir.- Gritó mi papá, mientras luchaba por levantar mi cuerpo estático. -¡No! Por favor ¡Una más! ¡Una ronda más!… Ella dice que esto no acaba aquí. Él me dijo que las cosas no terminan así…- Papá asustado trato de calmarme. Noté que la mentira había funcionado, así que alcé la mirada hacia Hermenegilda, sonreí y ella entendió la señal, bruscamente cerró la puerta, soltó una carcajada espeluznante y nunca más volvieron a vernos.

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