Hoyos en el Mar

Escrito por: Nav Melech

Pequeño y querido Matías, que disfruta tanto de hacer hoyos a la orilla del mar. Lo ví cuando menos lo esperaba, y ahora que no puedo olvidarlo, cuando no puedo borrarlo del mar, del cielo, de los ojos infantiles, de las manos de madres abandonadas. Si no puedo olvidarlo, necesito que tú tampoco lo hagas. 

Matías comienza desde muy temprano con sus excavaciones; en ocasiones, llega a la playa comiendo su plátano con yogur. Su jornada empieza con los primeros rayos del sol y termina con la suave voz de su madre buscándolo sobre su espalda.

Sé que los papás de Matías discuten constantemente; lamentablemente abunda la violencia en su hogar. Su tío Fernando lo saca de casa para llevarlo al cine cuando las discusiones suben de tono; y ahí en confianza, alejados de los gritos y de los vidrios rotos, Fernando le compra un helado de limón. Matías conoce la razón de las incontables peleas en su casa; entre los temas recurrentes están la depresión de su madre, y el creciente alcoholismo de su padre. 

Un día, las olas golpearon fuertemente la espalda de Matías, justo cuando regresaba de la orilla con sus cubetas llenas de agua. Una corriente lo tomó sin dudarlo; como si el mar supiera que había encontrado algo hermoso y solo lo quisiera para sí mismo.

Matías sabe nadar bastante bien, pero el mar de Oaxaca es fuerte, en especial para un niño que aún no ha tenido su corazón roto. Lo digo por la razón de que los corazones quebrados son capaces de soportar el golpe del mar, de sobrevivir a las corrientes de miles de olas; de miles de miradas que te hacen recordar que alguna vez portaste la suntuosa felicidad. Los corazones rotos sobreviven a sí mismos, por lo tanto el mar no es rival suficiente. 

Una señora al ver a Matías gritó fuertemente buscando ayuda. Corrí a rescatarlo; como si estuviera salvando una parte olvidada de mí. Una vez que logré sacarlo del mar, nadie vino a auxiliarnos. Le pregunté por su madre y Matías no respondió, le pregunté por su padre y comenzó a cavar de nuevo en la arena.

Al poco tiempo entendí su silencio y ambos comenzamos a cavar. Matías corrigió mi postura frente a la arena y me prestó sus aditamentos para cavar más aprisa. En un momento de confianza le dije que mi esposa había muerto hace dos meses; y que yo no salía de cama desde entonces, que había dejado de comer y que nunca antes había llorado tanto. Matías me miró a los ojos, de la misma manera que lo hacía mi mamá cuando yo era joven. En ese momento Matías pidió que estirara mis manos y tomó un puño de arena para rociarlo lentamente sobre mis palmas.

– ¿Por qué haces hoyos? – Le pregunté, mientras miraba las marcas de golpes sobre su cuello y espalda.

– No son hoyos. – Me contestó sin distraerse de su excavación.

– ¿Entonces? –

– Es que quiero alcanzar el sol del otro lado… Justo cuando se mata a bañar con el mar. –

Silencio, calor, sudoración, arena sobre más arena, todo eso vivimos. No quise hablar más, Matías tampoco. Ambos cavamos toda la tarde. Justo cuando cayó el sol llegó la mamá de Matías. Una mujer tan hermosa; que desde el instante que la ví supe que ella aprendió a llorar a temprana edad, seguramente por la muerte de un familiar o por la pérdida de una mascota muy querida.

Al día siguiente llevé los restos de mi esposa al mar. Matías esperaba en la orilla. Al llegar con él le dije el nombre de mi esposa.

– …Alejandra. –

– No me gusta ese nombre. Seguramente es muy enojona. – Me contestó Matías sin voltearme a ver.

– No tanto. Solamente cuando olvidaba comprar leche en el super, ahí era cuando más se molestaba conmigo. –

– ¿Quieres hacer hoyos? – Me dijo cortadamente, y sin mostrar atención a mi respuesta.

Pasamos esa tarde cavando y mirando turistas. Le dije que tenía miedo de seguir con mi vida. Él me dijo que su papá tiene miedo de Dios. Le dije que mi mamá tenía la misma voz que la suya. Me dijo que estaba enamorado de una niña de su primaria. Le dije que la vida es una mierda en ocasiones, y tan hermosa en otras tantas. Me dijo que él quiere ser banquero, para así hacer muchos amigos. Le dije que nunca pude tener hijos. Me dijo que quiere guardar al sol en un jarrón enorme, y ponerlo a la vista de todos. Le dije que nunca fui feliz. Me dijo que sí lo fuí, solo que estaba mirando para el lado contrario todo ese tiempo.

Dos días después regresé a la ciudad. La arena de mi zapato me recuerda a Matías. Las palabras negras sobre un papel blanco me hacen pensar que nunca más volveré a ver a ese hermoso niño. A Alejandra le hubiera encantado conocerlo. Seguramente él en su silencio me platica con su familia. Seguramente la arena espera que volvamos a estar juntos para dejarse acariciar por nuestras manos y palas.

Y ahora que estamos en confianza quiero decirte algo, yo creo que un día Matías alcanzará al sol a través de un hoyo en la arena, y tal vez yo alcance a mi esposa a través del tiempo; pero de eso aún no sabemos nada, o bueno, tal vez Matías lo sepa debajo de todo su hermoso silencio.

*****

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Web construida con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: