La guerra contra el automóvil

Leonardo Báez Fuente.-

No recuerdo sí fue Groucho Marx quien dijo que la política consistía en crear un problema, diagnosticarlo mal y resolverlo peor.

En México existen múltiples  ejemplos de ello, pero creo que ninguno más claro como la Guerra del Automóvil que desde hace más de 30 años vienen “combatiendo” las autoridades metropolitanas del Valle de México en contra de los automovilistas particulares, que no queremos entender que las “brillantes soluciones gubernamentales” son excelentes y nos aferramos, para nuestra mala fortuna, al sentido común.

Desde 1989 y el gobierno de la Ciudad de México y municipios conurbados le declararon la guerra a los automóviles. Todo empezó con la muerte de las aves en la Ciudad de México por las inversiones térmicas comunes en los meses invernales, mismas que son un fenómeno natural.

Los “ecologistas” (hijos del marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt, incrustados como sarro en las nóminas gubernamentales de las universidades y entidades públicas), pusieron el grito en el cielo y exigieron soluciones tajantes para lograr la inmortalidad de las aves.

Aquí empezó todo, se creó un problema:, el exceso de contaminación ambiental, lo diagnosticaron mal, achacando al “egoísmo de los automovilistas” su origen, siendo que las gasolinas producidas por PEMEX eran ( y siguen siendo) de una calidad atroz y no que los mayores contaminadores del Valle eran las refinerías de Tula y Azcapotzalco, así como las plantas generadoras de energía eléctrica de la extinta Luz y Fuerza del Centro; y decidieron resolverlo imponiendo el programa Hoy no circula y las verificaciones vehiculares con los fines de extraer y extorsionar recursos a todos los automovilistas del Valle.

Las autoridades no se quedaron con eso únicamente, en vez de mejorar el transporte público como opción al automóvil particular, llenaron el Valle con las cajas de tuercas llamadas peseras y microbuses, incómodas, lentas y altamente contaminantes de todo a todo; se abstuvieron de concluir con el plan general del Metro y lo peor, se enfrascaron en crear embotellamientos artificiales por medio de la policía de tránsito, aunado a reducir los carriles de circulación de las avenidas principales para abrir carriles exclusivos para bicicletas y metrobuses, pensando que la ciudad se vería como Ámsterdam y no como Beijing en la época de Mao.

Lo increíble del asunto es que las autoridades creen que no han pasado 33 años desde que empezaron a hacer las estupideces que las caracterizan: Siguen pensando que los automóviles siguen igual que en 1989 y olvidan que la solución más simple se reduce a medir tiempos: Contamina más un coche atorado tres horas en un atasco de tránsito que uno que llega en veinte minutos a su destino. La obsesión de las autoridades de crear obras que impidan la circulación fluida de los coches hace que estos contaminen más.  Pero eso no lo entienden ni lo entenderán nuestros ecolocos. Para ellos los malos somos los automovilistas que vivimos en la infame realidad creada por sus imbecilidades ideológicas.

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