Emilio Lozoya, un pato laqueado

Julián Andrade

La Fiscalía General de la República (FGR) al parecer está satisfecha con lo aportado por Emilio Lozoya. Así lo dio a conocer en un comunicado en el que recuerda que se han judicializado expedientes contra legisladores: José Luis Lavalle, quien se encuentra en prisión y Ricardo Anaya que se fue del país, por presuntos sobornos para aprobar la reforma energética en 2013.

El 3 de noviembre se vencerá el plazo para que Lozoya aporte pruebas al Juez de Control del Reclusorio Norte que lleva su caso. En ese momento, si no se el otorga otra ampliación, se sabrá si tuvo la capacidad de probar las historias que ha venido divulgando para no estar en prisión. 

En la FGR dicen que el caso Odebrecht es uno de los más escandalosos a nivel internacional y que en el pasado se hizo poco al respecto. No les falta razón, pero omiten que las investigaciones en contra de Lozoya iniciaron el sexenio anterior, por lo que no partieron de cero.

Es importante tener en cuenta que el mayor escándalo en la actualidad es que un corrupto confeso, que se llevó al bolsillo 10 millones de dólares de sobornos de la empresa brasileña, pueda comer tranquilamente pato laqueado en uno de los restaurantes más exclusivos.

La periodista Lourdes Mendoza dio a conocer las imágenes del ex director de Pemex departiendo tranquilamente y se desató el vendaval, predecible, porque suele causar indignación que los pillos se salgan con la suya y además se burlen.

Si bien Lozoya puede comer en donde le plazca, porque las medidas cautelares sobre su persona son bastante flexibles, ya que solo está impedido de abandonar la Ciudad de México, no deja de ser interesante que se sienta con la seguridad suficiente como para celebrar en público y sin empacho alguno.

Ese debe ser el centro de la discusión, al quedar claro que Lozoya cuenta con una protección inaudita y que además no se ve que le será retirada, por el contrario, seguirá al servicio del poder, mientras provea elementos de amedrentamiento en contra de personajes del pasado que ahora pueden ser molestos o necesarios en los parlamentos.

El problema, en el futuro, será el de reparar el daño que todo esto hace a la idea de que la FGR trabaja para el interés de los ciudadanos y no por consignas políticas.

Lozoya hace ver a los fiscales como integrantes de una agencia del ministerio público en los peores tiempos, esos de los que tanto repelan, pero a los que con demasiada frecuencia se asemejan, quienes ahora tienen la responsabilidad de conducir a la institución encargada de procurar justicia.

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