Flagelación

                                                                  

Santino Cortés.-

Aún recuerdo el día que me dijo que regresaba para Cuba otra vez. Fue un domingo por la tarde, por ahí de las 6, cuando el calor de Miami da un descanso y permite respirar un poco. Estábamos en Café Versailles: The most famous Cuban Restaurant tomando un cortadito cuando puso sus ojos sobre mi, esos ojos llenos de batallas perdidas y nostalgia, y dijo: “Niño, me regreso Cuba, ya no aguanto esta mierda”.

 Me dejó sin palabras. ¿Qué se supone que responda a eso? ¿Está bien? ¿No te vayas? Cuando una persona toma ese tipo de decisiones es inútil cuestionarlas, casi nada les hace cambiar de decisión, así que decidí quedarme callado y dar un sorbo al café.

La tarde refrescaba y hacia un poco de brisa; siempre me había gustado verla cuando la brisa le limpiaba la mirada y dejaba mas visible el hoyuelo de su barbilla.

 El silencio se tornó incómodo y me dijo: “Ya no aguanto a estos cubanos que solo hablan mierda, ya no aguanto tanto carro y sobre todo ya no aguanto no sentirme ni de aquí ni de allá.” Lo cierto es que tenía razón en todo; el cubano habla mucho sin pensar en lo que dice, en Miami hay muchos carros (y encima, la gente que los conduce lo hace de manera casi penosa) y cuando te vas de donde eres extravías una parte de ti.

Nuevamente, no supe que responder, pero intuí que ella buscaba que le respondiera, por lo que dije: “Pues si, Miami es del carajo.” No le gustó mucho mi respuesta, lo supe por esa mueca que hace cuando no le gusta algo, frunce un poco el entrecejo y agacha la mirada. Nos volvimos a quedar en silencio y terminé el café.

Tenía ganas de caminar así que enfilé hacia la calle 8, ella me siguió caminando de mi lado izquierdo y de pronto soltó: “¿Eso es todo lo que tienes que decir?”, aunque me hubiera gustado decir algo más, algo inteligente o citar a alguien que pudiera tener las palabras que yo no en ese momento, no tenía nada que decir, por lo que dije en voz baja: “Si, eso es todo.”.

Continuamos caminando hasta llegar al infernal cruce que se tiene que hacer para pasar del lado izquierdo de la calle 8 al derecho a la altura del famoso cementerio Caballero Rivero Wooodlawn North, allí están enterrados los cubanos mas ilustres del exilio: Los Bacardí, Carlos Prío (El último presidente electo de la República de Cuba) y Jorge Mas Canosa (presidente de la Asociación Nacional Cubano Americana).

La Habana. Foto de Nate Cohen en Pexels.com

Cuando la calle se despejó de carros me eché a correr para cruzar, cuando volteé ella también corría, el cabello suspendido en el aire y el vestido floreado arrugado sobre sus muslos, una escena como destinada a que se quedara en mi pupila muchas madrugadas después.

A ella nunca le había gustado ese habito mío de entrar a todo cementerio que veo, siempre decía lo mismo: “Esos lugares están llenos de espíritus que se te quedan pegados y después no te los sacas de encima.”, esto es cierto en la tradición afrocubana, pero, como yo lo veo, da igual, amar a alguien, estar vivo involucra eso: ir coleccionando espíritus que después nunca se van, por lo menos a los de los cementerios los puedes correr con una limpia.

Entramos al cementerio y de inmediato la paz que estos sitios me provocan se apoderó de mi; el sol pegaba amarillo sobre lapidas con breves frases del estilo de “Nunca serás olvidado” o “Fue una gran madre y esposa”, no le veo sentido a nada de esto, la muerte todo se lo lleva, condena a la amnesia.

Miami. Foto de One Shot en Pexels.com

Seguimos caminando sin hablar nada, yo solo pensaba en su partida y en los motivos no encontrados que tendría alguien para volver a Cuba, por lo menos aquí puedes ganarte el pan, allá es rezar porque haya.

 Esquivamos lápidas en silencio hasta que ella empezó a cantar mi canción favorita: Para Bárbara de Santiago Feliú; mientras tarareaba divisé una lápida con la bandera cubana adornándola; pertenecía a una señora que cargaba la cubanía en el nombre: Rosalba Camargo. Nació en 1924 y murió en 2020, vio la Cuba esplendorosa de los años ‘30 y ’40, después se la arrebataron y vino a morir aquí, en tierra ajena.

En su lápida rezaba la única frase que he visto en aquel cementerio que no sentencia al olvido: “Cuba primero, Cuba después y Cuba siempre.”. Entendí los motivos de la dama del vestido floreado.

La sangre llama.

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