El Guaymas: la guerrilla y la vida

Julián Andrade.-

En aquellos años de fuego, los guerrilleros y los policías se intuían, se olían. Estaban en una guerra que se desplegaba de los sótanos del sistema y donde no había muchas posibilidades de escape.

Mario Álvaro Cartagena “El Guaymas” logró salvar su vida por una mezcla de resistencia a la tortura y por la persistencia de su familia para encontrarlo con vida.

Su madre vio la fotografía, publicada en los diarios,  de un guerrillero herido que estaba identificado como Florentino García Clavel. El rosto cubierto, no dejaba mucho espacio para la identificación, pero ella lo supo. Era abril de 1978.

“El Guaymas” había inventado el nombre para ganar tiempo y no verse forzado, por la tortura, a entregar a sus compañeros de la Liga Comunista 23 de septiembre. Aguantó y su mérito es que lo hizo estando recluido en las instalaciones del Campo Militar número Uno.

Lo detuvieron en un enfrentamiento con policías. Recibió varios impactos de bala en una pierna, que posteriormente le tuvieron que amputar, por la gangrena que provocó la falta de atención médica oportuna.   

Los miembros de la Brigada Blanca, el escuadrón integrado por elementos de la Dirección Federal de Seguridad, la Policía Judicial y el Batallón de Investigación para la Prevención de la Delincuencia,  no estaban para florituras y les interesaba dar con el paradero de Miguel Ángel Barraza García, “El Piojo Negro”, líder de la Liga 23 de septiembre y quien moriría en una balacera tres años después, en un parque de Copilco, cerca de Ciudad Universitaria.

Mario Álvaro Cartagena El Guaymas. Foto: UdeG

Un tipo rudo, pelón casi a rape, se le acercó a «El Guaymas» para decirle:

–Soy Salomón Tanús, el que te puede dar o quitar la vida, quieres vivir, vas a hablar.

Habló, claro que lo hizo, pero para despistar a sus captores, dándoles pistas falsas sobre una cita con el Piojo Negro.

Organizaron un operativo y no encontraron a nadie, como no podían hacerlo, porque la propia publicidad de la captura había alertado a las células guerrilleras.

La furia de Tanús no se hizo esperar y le reclamó:

–Nos choreaste cabrón.

–Sí, eso hice –»El Guaymas», con los años, contaría que respondió eso porque no sabía que quería decir “chorear”, ya que esa expresión no se usaba en el norte del país. 

Tanús, en efecto, como jefe de Brigada Blanca,  podía decidir el destino de los detenidos, que, por lo demás, no estaban identificados en ninguna oficina ni existían constancias sobre su paradero. Eran desaparecidos en ese momento, en alguna medida estaban ya muertos.

El Guaymas conversó, por un instante, con Alicia de los Ríos, otra militante guerrillera, de la que nunca se supo más. Sus familiares aún la buscan.

Ni Tanús, ni «El Guaymas» contaban que para esos momentos, las peticiones para liberarlo llegaban por cientos a la oficina del presidente José López Portillo. La intuición de su señora madre y el apoyo de activistas y abogados lo habían salvado.

«El Guaymas» nunca renegó ni de sus convicciones ni de su pasado guerrillero. Trató de entender su tiempo y estar a la altura de circunstancias que nunca se eligen. Murió el lunes.

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