Oscurantismo

Santino Cortés.-

Para Andrés Araujo

Estoy de nuevo en lo que considero el sitio mas cercano al vacío en que he estado. Parece que fue ayer cuando decidí aplicar a trabajar en Taco Bell y hasta la fecha no comprendo que me orilló a pensar que sería una buena forma de ganar dinero y “divertirme”.

Lo único que me gusta de ir al trabajo es el camino, la carretera está plagada de luces de neón, Lamborghinis, Maseratis, Ferraris, todos los autos con terminación i.

Algo que me parece mas irónico de esta ciudad es que, mientras ellos van a fiestas en yates llenos de modelos y yo voy con rumbo fijo hacia Taco Bell, no somos tan distintos cuando el alto detiene mi desteñido Corolla junto a sus descapotables color negro mate.

La peor parte del trabajo no es en sí el trabajo, si no, el hecho de que sea Taco Bell. El nombre ni siquiera suena bien o atractivo. Tengo amigos que trabajan en Pizza Hut, McDonald’s y demás; sitios cuyos nombres son conocidos en todo el mundo.

En cambio, yo, trabajo en un Taco Bell. Nadie fuera de Estados Unidos consume la comida que venden en este sitio.

A lo que me dedico no tiene mucha ciencia, la verdad, por eso creo que quejarme de ello no tiene sentido. Solamente es sentarme, escuchar a policías que no están haciendo su trabajo pedir comida en cantidades de múltiplos de cinco y recibir el dinero.

Llega siempre este momento en la madrugada, por ahí de las dos o tres, en que no pasa absolutamente nadie, ni la gente de los carros terminados en i regresando del yate, ni policías, ni nadie.

En este momento de la madrugada es cuando mi compañero de turno decide poner las canciones mas tristes que tiene guardadas en su teléfono. No hay forma de explicar como se siente perder el sentido de la vida totalmente a alguien que no ha escuchado a Frank Ocean cantar Godspeed en un Taco Bell a las 2:41 de la madrugada.

Miro por la ventana y solamente hay calles vacías. A veces me da por pensar en pegarme un tiro aquí en el restaurante, en el momento exacto en que alguien recibe sus nachos con extra-queso y picoegallou.

Casi siempre este instinto se va, únicamente porque no tengo un arma aquí dentro y todas las demás opciones me parecen malas por diferentes razones.

Me tiraría a la freidora de tacos, pero, alguien Twitter podría tomarlo como un acto de desesperación de alguien que vive en el capitalismo más salvaje cuando no es así, simplemente odio Taco Bell.

Colgarme del techo no es una opción, el techo está tan oxidado y mohoso que se rompería y yo quedaría desparramado por la cocina entre la grasa, el picoegallou y con una soga al cuello.

Foto de Elvis Vasquez en Pexels.com

Por fortuna las horas pasan, termina mi turno y salgo al carro. Todo vuelve a tener sentido cuando la brisa del mar me pega en la cara y el cielo se va tornando purpura celebrando al sol.

De pronto me da hambre, cruzo al restaurante de enfrente y pido un McMuffin.

Mientras lo saboreo pienso que aquí quizás el techo no está mohoso y mi compañero de turno pondría reguetón en lugar de Frank Ocean. Quizás solo tenga que cruzar la calle, llenar un formulario y salir.

Lo que busco está cruzando la calle, preparando cuartos de libra con queso, esas tan famosas que mencionan hasta en las películas de Tarantino. De solo imaginar se me enchina la piel, podría preparar algo que mencionan en las películas.

Ser parte de la película.

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