De migraciones y exilios

Leonardo Báez Fuente.-

Todos los pobladores del continente americano,  sin excepción, somos descendientes de migrantes. México, aunque no lo quiera aceptar nuestra historiografía oficial, no escapa de esta circunstancia, y  la migración más constante a este país siempre fue y ha sido la española.

La conquista de México, que no sólo abarcó la derrota de la Triple Alianza en el Valle de Anáhuac en 1521, sino que se prolongó hasta casi principios del siglo XIX, fomentó las diversas migraciones españolas,  sí bien entre los siglos XVI y XVII emigraron principalmente andaluces, extremeños y castellanos, hacia el siglo XVIII empiezan a llegar vascos de los que sus descendientes directos encabezarán los movimientos de independencia.

Después de  1836, cuando España reconoce la independencia y establece relaciones con el gobierno mexicano, se reinicia la emigración hispánica que no se va a detener hasta el día de hoy. Esta emigración sufrió una división que a la fecha sigue pesando entre sus descendientes: La de los antiguos residentes, consistente en los que emigraron entre 1836 y 1939 y la de los exiliados por la Guerra Civil que tuvo su momento álgido entre 1937 y 1945.

Los antiguos residentes, en su mayoría asturianos, vascos, montañeses y gallegos, crearon el prototipo del “gachupín” odiado por la mayoría de la gente, impulsada por la ideología de nuestro nazismo ranchero. Ellos emigraron buscando mejores condiciones de vida y se dedicaron principalmente al comercio. Estos migrantes siempre buscaron defenderse contra el chovinismo local, siendo usualmente monárquicos y derechistas y al final de cuentas, terminaron por integrarse al país siendo padres y abuelos de muchos mexicanos.

Foto de Skitterphoto en Pexels.com

Por otra parte, los exiliados de la Guerra Civil, llegaron a México en aroma de santidad laica, protegidos por el cardenismo quien a los dirigentes e intelectuales les entregó las instituciones educativas y a los demás sólo les permitió el quedar como inmigrados y que se buscaran la vida como pudieran. Los exiliados de esta ola vivieron siempre con las maletas en la puerta esperando la “inminente” caída de Franco la que ocurrió cuarenta años después de su llegada a México. Este grupo fue más permeable a la integración con la población local.

Yo soy hijo de ambos exilios, paradójicamente desciendo de los extremos de ambos y acaso por ello he devenido con el tiempo en ser un liberal consumado, enemigo de los extremos y de las ideologías ya que sólo vivo en un solo plano, el de la realidad y de la negada libertad.

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