Lozoya: una narrativa conveniente y destructiva

Julián Andrade

Emilio Lozoya está pagando “las consideraciones legales” que obtuvo como testigo colaborador de la FGR, aunque apremiado porque su madre y su esposa aún tienen encima acusaciones y persecuciones en su contra.

Acusó a sus jefes, Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray, por ordenar el reparto de sobornos por alrededor de 500 millones de pesos. El centro de la trama es Odebrecht y una agenda  de dinero a cambio de obra pública. Lozoya cuenta, según el fiscal Alejandro Gertz Manero, con un vídeo, diversos documentos y cuatro testigos.

Para ello, Lozoya esbozó, en una denuncia presentada ante la FGR, cómo será el expediente y radicará en la condena al pasado y a tres momentos: La elección de 2012, la reforma petrolera y la presencia de la empresa brasileña  desde el mandato de Felipe Calderón.

Todo embona en una narrativa que se pronuncia cada mañana, desde hace 20 meses, en Palacio Nacional.

Lozoya, un hijo favorecido de la élite priista, reflejo de sus sus capacidades y ambiciones, de su luz y su sombra, será la piedra de toque de la destrucción de un legado que ya estaba envuelto en las brumas, sin que nadie, dentro de sus personajes más relevantes,  sea capaz de defenderlo o, al menos, de ponderarlo.

La eficacia jurídica de los pronunciamientos del ex director de Pemex es dudosa, ya que buena parte ( sino es que todo) de lo que señala está prescrito, al margen de que aún se tiene que probar su veracidad. Lo electoral, por ejemplo, es un camino jurídico sin rumbo, pero una pieza de propaganda irremplazable.  

Por lo pronto,  el golpe político es rotundo contra una élite que se creyó capaz de resistir meteoritos y que ahora verán sus últimos años en las duras batallas que propiciará la acusación en su contra.

El ex presidente Peña optó por alejarse y dejar descubiertos a sus colaboradores. Creyó que el pacto con su sucesor lo haría inmune a los juzgados y las cárceles, pero olvidó que la destrucción también opera en lo que se cuenta, en la percepción que permea y que hace que se construya un diagnóstico sobre su propio pasado y este será despiadado.

Videgaray, quien comandó la poderosa Secretaría de Hacienda, nunca entendió que la política es una tarea permanente y que está no podía concluir en diciembre de 2018 porque había muchos cabos sueltos y porque llegaba un gobierno, el de Andrés Manuel López Obrador, que iba a necesitar muchos resultados por las expectativas que generó.

Ello debió alertarlo, porque las promesas no se iban a cumplir y siempre quedaba la posibilidad de juzgar a los anteriores, de hacerlos responsables del desastre. Eso se está haciendo y no es que no lo sean, sino que sorprende la ingenuidad con la que se condujeron.

En una piruleta extraña, Lozoya también señala lo que no le consta y establece dudas sobre el comportamiento del gobierno de Felipe Calderón, donde habrían iniciado las andanzas de Odebrecht con la filial Braskem.

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