Jacobo Zabludovsky: El tiempo que terminaba

Julián Andrade

Hace cinco años, el 2 de julio de 2015, murió Jacobo Zabludovsky. Unas semanas antes de su fallecimiento, conversé con él a raíz de una columna que publiqué sobre una infamia que le hicieron en la Universidad Veracruzana.

La Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación le había concedido el doctorado honoris causa, pero se le tuvieron que retirar por las quejas de un grupo de fanáticos.

Fue uno de los primeros “triunfos” de los tribunales de la opinión pública que ya dejaban ver los flecos de un problema que se iría profundizando en las redes sociales, hasta culminar en verdaderas campañas de odio.

A Zabludovsky le daba igual la distinción, porque no la había buscado y, sobre todo, porque no la necesitaba. Para ese momento, el 2015, se ocupaba de hacer su programa de radio con altos niveles de audiencia y sofisticación.

Se divertía haciendo uso de una experiencia larga y de una lectura de la agenda afinada por su capacidad de comprensión de la vida política mexicana y por la agudeza que le daban los años y la cultura. Pocos periodistas tan sabios como él.

Su caso, después de todo, es un ejemplo de cómo un reportero logró transitar por etapas sustanciales de la historia del periodismo con logros notables y no pocas enemistades.

Su espacio televisivo, 24 Horas, fue el referente de la información durante décadas, por su cercanía con el poder, es verdad, pero también por su alto nivel de profesionalismo.

El proyecto Eco de noticias, resultó el preludio y el avance de dinámicas que se volverían cotidianas años después, pero que en ese momento mostraron una gran capacidad de innovación y pusieron a Televisa en la vanguardia de la información en el mundo.

Pero hizo algo más, formó a generaciones de periodistas que escribirían también páginas poderosas, conducirían programas y fortalecerían, a su vez, al propio gremio.

Zabludovsky, como periodista de raza, supo ejercer el oficio aprovechando oportunidades y esquivando las dificultades que imponía el régimen presidencialista y de partido dominante.

En la última etapa de su vida ejerció el periodismo no solo con mayor libertad, sino acoplándose a un escenario cambiante, donde ya nada se podía dar por hecho y en el que se consolidaba nuestro sistema democrático.

Atesoro aquella charla y me duele no haber concretado la cita que teníamos para comer y en la que me dijo que extenderíamos la invitación a Carlos Salomón, quien le había proporcionado mi número telefónico y había abierto, para mí, la magia de conocer a un verdadero maestro.

Asistí a su velorio, un  mundo de personalidades y muchos, muchos de sus escuchas, los que veían en él, un referente de un mundo que terminaba, aunque todavía no lo supiéramos.    

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