Nav Melech.-
Cuando pienso en la izquierda mexicana no pienso en ningún movimiento social, o siquiera en algún razonamiento político, o un adoctrinamiento sistemático, asambleísmo ideológico, sistematización de los cuadros, o hasta del marxismo-leninismo, sino todo lo contrario, cuando pienso en la izquierda mexicana lo primero que llega a mi mente es la sonrisa de mi mamá y mi papá, alzando a mi hermana por los cielos.
Este es un cuento en forma mezcla, dentro de lo que ocurre en dos líneas temporales; una, ubicada en el presente del día 08 de septiembre del año 2022, durante la celebración realizada por la UNAM hacia el maestro y gran académico, José Woldenberg; y la otra, radica en una línea temporal perdida dentro de las sombras de mis memorias y los sueños en vela; dentro de aquellos besos que mamá solía dejar sobre mi almohada, y dentro de todas las miradas que papá dejaba en la ventana, cuando veía su país cambiar en algo que desconocía completamente. Este es el cuento de dos jóvenes que quisieron ser revolucionarios, mientras jugaban a ser padres, adolescentes, universitarios, pareja, mexicanos democratizadores, hijos e hijas, amigos, votantes, filósofos, economistas, padres, madres, humanos, pero para mí fueron en especial: seres de fuego.
Este cuento comienza cuando escucho la voz del maestro Aguilar Camín, y pienso directamente en mi padre; lo veo con su café en mano, con dos o tres libros siempre frente a él, con la mirada en el pasado, y en los días perdidos. Papá me habla de su participación en el PSUM, de sus días complicados iniciando en el PRD; y en especial de los miles de besos que depositó en la frente de mi hermana, y también de las incontables caminatas a la guardería con ella hombros; papá me habló de su enorme felicidad con mi primer gol en la primaria (aunque fuese en puerta propia), de mi primer poema, mi primer cuento, de mi primer aplauso.
Escucho la voz de mamá, siempre alentándome por sonreír, aplaudir y abrazarme con el viento de nuevos días. Veo a mamá abrazando a papá por primera vez, escondidos dentro de una vecindad, escondiendo su amor solo para ellos mismos. Veo a mi padre años después, caminando hacia casa, con su periódico La Jornada bajo el brazo, conversando conmigo del presente, y yo con el Reforma bajo el brazo, pero ambos compartiendo los mismos cigarros Delicados. Los dos hablando del ayer, del mañana, y de mi abuela, de mi tío, del terremoto del 85, y de que mi hermana empieza la escuela primaria en un par de días. La voz de Aguilar Camín me hace ver que el tiempo se va corriendo; papá tiene más canas, mamá tiene la voz lenta, y yo, tengo todos sus sueños y esperanzas colgando de mi espalda.
Dan las 11:30 de la mañana y toma la palabra Jorge Javier Romero. Escucho el transcurso de una izquierda joven, frágil, elocuente y esperanzada; pero sobre todo eso, veo a mamá que quiere ser sandinista, que ella lee poesía de Machado, que se enamora de los poetas cubanos, y tararea canciones de Pablo Milanés de regreso a casa con sus hermanas; a una casa en soledad, en plena oscuridad emocional. Vuelvo en el tiempo para acompañar a mamá a casa, porque no quiero que ella esté sola, es más, nunca dejaré que esté sola. Años después, veo a mamá en la Cámara de Senadores, sonriente, alzando la voz; mi hermana dormida junto a ella en un banquillo; mamá votando, leyendo, reescribiendo, partiendose la madre por un pan que tal vez ya esté duro para mañana; pero nada de eso importa, ella tiene veintitantos años, el mundo es muy pequeño para ella aún; y ahora a sus casi sesenta años el mundo sigue siendo una pelusa en su pantalón, el tiempo dejó de ser un cómplice desde que mi hermana le sonrió a los ojos directamente por primera vez.
Toma la palabra el maestro Enrique Provencio. El mundo se vuelve aún más chiquito. Mi hermana corre entre las piernas de todos los amigos de mamá; la ‘Hierbita’ le dicen, todo porque ella no pronuncia aún bien su nombre. Mi hermana, años después crece hermosa, con dos astros fulminantes en sus ojos, una espalda fuerte, frente larga y tupida, pero su risa, tan hermosa nunca cambió de ser la de una niña que aún se aferra a los pocos pelos de su papito que la lleva a la escuela.
Termina Enrique Provencio su ponencia. Mamá me toma del brazo y me explica todo lo que hicieron ella y Provencio durante todos esos años; yo le escucho, la admiro, y la idolatro en todos los sentidos. Pero lo que más me sorprende fue que le compró los vestidos más bonitos a mi hermana antes de que llegara septiembre; las dos caminaban por Revolución y se paraban frente a una zapatería; mamá quería unos zapatos lindos del mostrador, pero ante todo eso decidió comprarle a su hija dos vestidos largos y unos zapatos blancos para la escuela. Mamá llora cuando cuenta esa historia, y yo lloro cuando nadie me ve porque me parece más respetuoso, y porque jamás lloraré con ella, sé que su dolor es mayor que el mío.
Al final, el maestro Rafael Pérez Gay hace mención del paso del tiempo, y es verdad, el tiempo es una maquinaria imbatible y destructiva, que no tiene piedad con ninguno de nosotros. Lo veo dentro de la novela que son mis padres; en la mirada de mis amigos y su cansancio paulatino, de las mismas conversaciones, de los mismos planes; lo veo en los amores que han quedado en el tintero; en los vecinos que pasan sin saludar y aparentan una comunidad fiel, cuando realmente son historias falsas; y más que nada, en los izquierdistas que se aplauden, recordando y alabando viejas memorias, ocurrencias que solo viven en las memorias de aquellos que jugaron a ser los primeros demócratas mexicanos.
Este intento de cuento celebra la vida y obra del maestro José Woldenberg. Pero no podría terminar este texto sin hacer hincapié que dentro de esta narrativa surgieron miles de historias que radican en anécdotas y chismes izquierdistas, sueños contemplativos de un México mejor, un México democratizado, con instituciones fuertes, establecidas e indomables. Pero este cuento para mí va más allá, surca dentro de una novela histórica de dos jóvenes que se atrevieron a enamorarse, una novela de una generación enorme, que deja asientos aún más grandes, que nunca podremos llenar.
Se celebra a José Woldenberg, pero también a una generación de locos, -con todo el respeto y en el mejor uso de la palabra-, locos que se atrevieron a nombrar un capítulo nuevo en la historia de este país. A todos ustedes, gracias por ser parte de uno de los versos más hermosos que ha surcado en este territorio. Gracias por ser parte de la historia de dos jóvenes de izquierda, que nunca se perdieron, sino que se encontraron, se enamoraron, construyeron juntos, lloraron juntos, dieron vida, dieron tanto dolor y dieron la fuerza para saber que un México democratizado, un México de izquierda puede surcar en nuevos aires, en nuevos pulmones, ojalá sean los míos algún día.
A todos ustedes gracias, por el cuento que empezó como un sueño y terminará con una canción con sus nombres, agradeciendo el tiempo, las noches y sus voces cansadas.
Gracias por querer cambiarlo todo, sin pedir nada cambio. Gracias por ser la estrella dentro de tanta oscuridad. Gracias por ser la generación que domó el miedo y lo convirtió en ley.
Gracias por ser parte de este cuento.
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