Volveremos a vernos

Nav Melech.-

Ella se convirtió en un susurro, un poema inconcluso, el derrame más hermoso de felicidad en este mundo tan impune y volátil. Se volvió una pesadilla de flores en mi mente y mis conversaciones. Y algún día espero encontrar sus ojos en el camino al paraíso; escuchar su voz al tenerme en sus brazos y que su cuerpo sea tan caliente, que me haga olvidar las lágrimas de mi madre frente a la ventana.

Quiero convertirla en una lápida de versos y sonetos; pretendo regresar a su memoria cuando la vida quiera volver a lastimarme, y defenderme con su sonrisa omnipresente en el marco de su belleza. Deseo volver su recuerdo un faro de tranquilidad en mi contingencia de olas y derrumbes. 

En un año tan confuso, fui a encontrar al amor más coherente de mi vida. Me encontré con la única mariposa que se sienta a recibir el sol; ella fue el ángel que se pierde entre las calles, y que uno cruza la mirada con ella: la divinidad misma. 

A lo largo de mi corta vida, el amor ha sido un juego confuso e hiriente; en el que las reglas van siendo explicadas a lo largo de la partida. Uno juega a interpretar las acciones y no se designa al ganador sino hasta su último respiro. El amor es un tablero con piezas hermosas y brillantes, que nos llama a sentarnos y a alzar nuestra quiniela. El amor es la apuesta a la cual nunca tendremos una respuesta concreta; y no se juega con dinero, sino con nuestra propia alma. 

Para hablar de amor tendré que volver unos cuantos meses, cuando desperté en un año incorregible; el calendario marca marzo del 2020. Un año con promesas y sonrisas que venimos jalando desde diciembre. Cada año es lo mismo; brindamos una noche anterior y nos abrazamos con amor. Limpiamos las lágrimas que creemos viejas y continuamos en el sendero de un nuevo camino. Nadie de nosotros imaginaba que las cosas iban a ser así este año. Nadie imaginaba las acciones de esta pandemia.

Estoy cansado, extremadamente desgastado de hablar de la pandemia. Estoy lastimado con los números y de las despedidas que nunca tuvieron lugar; me duelen los padres que no pudieron ver a sus hijos brillar en el mundo, y que huyeron con las estrellas.  No quiero hablar de los hijos que lloran al ver al cielo y derraman sus disculpas en las calles de un país que los vió morir. Quiero hablar de la belleza de la vida.

Pero la pandemia vino a sentarse en nuestra mesa. Ella es prepotente y soez a la hora de vernos a los ojos. Es por eso que no hablaré de ella directamente; no merece una historia en donde el amor es un protagonista. La maldita muerte no volverá a sentarse en mi mesa; es una promesa que he hecho con amigos que se han despedido de mí con un abrazo. La pandemia no llevará ningún poema más de mi parte.

La Covid, el encierro, el miedo y la angustia repercutieron en cada uno de mis pensamientos. Despierto y tengo miedo por la vida que mis padres, abuelos, hermanos y amigos pueden llegar a tener; la familia se volvió frágil y a cada momento podemos tener un último gesto con alguien que consideramos que siempre estará ahí para nosotros.

Me levanté cansado de haber llorado toda la noche anterior. El cuarto me recibía con luz solar, filtrada a través de la ventana. Mis libros a mis pies me recordaban que tenía que ponerme al corriente con mis tareas de la universidad. Me senté frente al monitor y encontré muchas miradas parecidas a la mía; un brillo en sus ojos había sido arrebatado para siempre, nos mirábamos con cariño y felicidad, pero todo había cambiado.

Llegó un descanso de una hora y aproveché para preparar café. Una vez que estuve en la cocina tomé un balde de agua y salí al balcón a regar las plantas de mi hermano. Fue en ese instante que la ví por primera vez. En el balcón contrario salió una mujer de unos veinticinco años, que usaba una playera grande y tenía una diadema verde sosteniendo su hermoso cabello rizado. Ella al verme dejó salir una sonrisa desde las comisuras y aquella respuesta me inmovilizó por completo. 

En aquel instante la nombré Camila. Imaginé que era estudiante como yo; dedicada completamente al diseño y al arte. Inventé en mi mente que en aquel momento de su vida no tenía pareja, que su madre vivía sola y tenía dos gatos dispuestos a ser amados por la eternidad. Continué en mi imaginativo y supuse que a sus cinco años ella había viajado a Cancún con su padre, en donde había tenido una experiencia peligrosa a las orillas del mar; su padre había corrido en su rescate y toda la noche ella lo miró extrañada por la hazaña desvalorada que hacen los padres por nosotros.

La alarma de la cafetera me sacó forzadamente de mi imaginación. Un escalofrío molesto entró desde las plantas desnudas de mis pies hasta las orejas. Había sido traído de vuelta a esta realidad inquebrantable; de nuevo mis pies estaban en la situación de un estudiante de universidad, atado a las adecuaciones de clases en línea junto a las miradas dolidas de toda una generación.

Al sentarme frente al monitor me dejé llevar de nuevo por mis pensamientos. En mi mente me encontraba a cinco años después de esta situación. Parece que vivía en otro estado de la república y Camila me hablaba desde la cocina. Yo me levantaba a verla y a responder a su llamado. Al verla ella tenía a una niña en brazos; me entregaba a la criatura y yo la levantaba sonriendo por los aires. Besaba sus mejillas y hacía cosquillas en cada uno de sus dedos regordetes. -¿Quién es mi niña?, ¿quién es la nena más bonita?… ¡Sí tú!, tú chulita hermosa.- Decía yo mientras miraba a los ojos de una bebé que me robaba el aliento. 

Regresé de nuevo a la realidad y la pantalla oscura me miraba contrariada. Apagué todo y continué mi rutina del día: comí, limpié y platiqué con mi hermano. Ambos nos sentamos en la sala; su cuerpo cansado cayó bruscamente sobre el sillón y me miró fijamente. En un instante encontró algo extraño en mis ojos, y de inmediato supo que un rayo de luz había entrado a mi cuerpo. 

-¿Supiste que acaban de llegar unos nuevos vecinos? Preguntó curiosamente mi hermano. -No sabía. Contesté. -Son dos hermanas. Dijo mientras se levantaba y caminaba hacia la cocina. -¿Cuándo llegaron? Pregunté temerosamente. -Llegaron desde noviembre, pero siempre estaban fuera de casa…  Contestó.

La voz de mi hermano continuaba desde la cocina, pero se fue difuminando paulatinamente. Miré hacia al balcón y noté las sombras de las dos hermanas; sus pasos eran un baile coordinado y perteneciente a las mejores compañías de ballet del mundo. No quería perderme ninguno de sus movimientos y con el paso de los segundos supe diferenciar el cuerpo de Camila al de su hermana. Me enamoré al instante de sus movimientos por la sala y su cuerpo que se doblaba al reír. 

Pasaron semanas y todos los días salía a la misma hora a regar las plantas. Esperaba impaciente a ver la sonrisa de Camila desde el otro lado del balcón. Imaginé una vida maravillosa junto a ella a la hora de dormir; soñé con nuestro primer viaje a Zacatecas, la primera pelea por la noche y el primer beso que deposité en sus hermosos labios. 

Hubo noches en donde toqué el piano toda la noche, esperando a que la luz del cuarto de Camila se apagara. Mandé flores en junio a su departamento y escribí un poema corto para que ella pudiese leerlo mientras intentaba conciliar el sueño. Me volví el amor que nunca podrá ser táctil; comenzamos a escribirnos y a dedicarnos canciones. Una relación nació de uno de los momentos más tristes de la humanidad. Yo la miraba enamorado y ella me sonreía confiada de que habría un mañana.

Una noche llegó una ambulancia, junto a una patrulla. Las luces y la sirena despertaron a todos los vecinos. El silencio fue una constante en todos nosotros; algunos nos quedamos sin aliento y la vida se volvió un juego de azar. Miramos a la ambulancia entrar por las puertas principales y acercarse a uno de los edificios. Bajaron dos personas vestidas de blanco y completamente cubiertas de pies a cabeza. 

Los vecinos miraron desde sus balcones, algunos se abrazaron con miedo y soledad. Una mujer mandó a sus hijos a dormir en el momento que vió llegar la ambulancia. Golpearon a la puerta y mi hermano los dejó entrar. Mis niveles de oxigenación se encontraban muy bajos. Acaricié la mano de mi hermano y él lloró, y gritó hasta el cansancio.

Los señores me levantaron de la cama y me postraron sobre una camilla cubierta de plástico. Miré a mi hermano desde la puerta y en sus ojos me decía tantas cosas; había un terror en sus pestañas e intenté sonreír para distraerlo del momento horrible que él vivía. Acarició mi mano y supe que algo quería decirme, simplemente su cuerpo no le permitía.

Días atrás yo me había contagiado; las causalidades de la vida dieron pie a que fuera parte de esta maldita situación; la cual no te deja llorar por tus cercanos. El dolor de cabeza era horrible y el sudor de mis manos me prohibía continuar tocando para Camila. Caí en cama un lunes y para el miércoles mi hermano tuvo que llamar a alguien. Me despedí con una sonrisa del cuarto que protegió mis sueños de amor y revolución. A mi hermano le dejé un cuento, equivalente a una disculpa palpable en letras.

La luna lloraba conmigo. A lo lejos vi a Camila en el balcón. Vestía una sudadera blanca y un pantalón de mezclilla; el mismo que había visto en mis sueños cuando ella y yo compramos nuestra primera casa, cercana al hogar de sus papás y su hermano Guillermo. 

Cerré los ojos un momento; quise soñar con aquel campo al cual Camila y yo nos habríamos de retirar a los setenta y cinco años de edad. Era verde y extenso; un campo de libélulas y poemas que aún no sabré cómo componer. 

Lloré al cerrar los ojos, al no poder respirar, al ver a mi hermano con miedo, al ir olvidando el rostro de un amor tan puro como Camila. Me aferré a la vida y al verso contundente que tenemos que plantear en este mundo como humanidad. Sé que bailé una última vez en mis pensamientos; brillé junto a miles de mexicanos, gritamos y brindamos con una sonrisa entre los dientes. 

Todo se volvió un momento de paz y tranquilidad; volvieron todos los que se fueron y nos encontramos para ponernos al corriente. Sonreí junto a mis amigos perdidos y a los amores que se perdieron en alguna parte del pasado. Les hablé de la vida que tuve y de los amigos que hice. Algunos familiares llegaron a la fiesta y los recibí en mi mesa. Comimos y hablamos de las cosas que ya nadie quiere hablar. 

Mi abuelo cantó sobre mis piernas, me recordó tantas cosas de la vida y del amor. Supe que él decía la verdad porque había olvidado cómo llorar. Me levanté a bailar una cumbia y sostuve a la muerte con amor y respeto; le perdoné todas las dolencias que había creado en mi vida, con el tiempo entendí que así es el juego de la vida, y me disculpé porque en su momento no la entendí. Beso la tierra que me recibió y beso la muerte que me robó.

Con amor; a todos los que dieron su brillo en este mundo tan oscuro. 

Volveremos a vernos.

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