Esperar

Nav Melech.-

El camión se detuvo y todos los pasajeros comenzaron a descender. Claudio fue el último en bajar. Soltó sus maletas estrepitosamente en el suelo y miró como todas las personas se alejaban en sus respectivos caminos; él se mantuvo estático, perdido. Frente a él estaba Daniel; un hombre anciano e invidente. A los pies de Daniel estaba su bastón caído; Claudio se inclinó a recogerlo.

El joven acomodó el bastón junto a la pierna del anciano y se sentó a mirar la oscuridad. Daniel alzó la barbilla y estiró las aletas de su nariz; reconocía un olor de su pasado en la presencia de Claudio. El viejo dijo: 

– Lavanda. ¿Cierto?- 

-Así es.- Contestó Claudio sin voltear a ver al obsoleto cuerpo adyacente. 

-¡Ah! Mi querida Samanta. Ella detestaba a muerte la lavanda. ¡Te digo! Pasó todo un año cortando las flores de nuestro patio; otro par de meses en cortar las del vecino y un par de días en aniquilar todas las de la plaza. Mientras, yo mantuve una pequeña maceta debajo de nuestra cama. Todas las noches ella sulfuraba molesta: ¡De dónde carajos huele a lavanda! Decía ella. ¡Te digo hijo! Cómo disfrutaba de sus ataques de ira. 

Claudio suspiró una carcajada. El anciano sintió la respuesta alegre y sonrió mientras se acomodaba en su lugar. Entonces exclamó el viejo: – Un día encontró la maceta, mijo…

Daniel le contó a detalle la vida que tuvo junto a Samanta. Ellos a los 33 años empezaron a vivir juntos. Se casaron en una capilla junto al río. Adoptaron dos perros, uno llamado ‘Exclamación’ y otro ‘Ungüento’. Daniel trabajaba en una metalistería hasta que un accidente le robó la vista. Samanta se dedicó a leerle y a transcribir las palabras que Daniel gritaba en sus tardes de borrachera. Samanta perdió dos hijos a causa de abortos espontáneos. Los dos mantuvieron una florería por muchos años, llamada: “Clavel”.  Salían a bailar a la plaza todos los 25 de cada mes. Se acostumbraron a llorar a escondidas y abrazados. Samanta se detectó cáncer de mama a los 58 años. Desde entonces ella hacía viajes a la ciudad en donde era tratado por un sobrino lejano de Daniel. Sus citas eran cada 29 del mes. Un día Samanta no regresó a casa a causa de un accidente en la carretera.

Claudio lo escuchó en silencio. Cuando el viejo terminó de hablar compartieron una caricia con el la soledad de la noche. Algo le incomodaba a Claudio así que preguntó: 

-¿Está esperándola? –

-¡Claro que sí hijo! Uno siempre espera por el amor de su vida.- Contestó Daniel mientras se levantaba de golpe y le gritaba a la noche. 

-¡Uno siempre espera por su amor! ¡Aunque ya no esté! ¡Aunque ya no vuelva a regresar! ¡Aunque duela! y déjame decirte que duele, duele mucho esperar… Uno siempre espera a los que se fueron; porque tienen que regresar algún día. Porque muchos no se fueron, se los robaron. Porque tu olor me recuerda ella, tu risa a la de mis amigos, tu voz a la de un dios que es más ciego que yo. Ellos prometieron siempre estar, y ahora solo me responden en mis recuerdos. ¡Sé que tienen que regresar! ¡Sé que un día van a volver! Sé que los tengo que esperar, recordar y llorar; sino, ¿quién lo va hacer?

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