De secuestros y memoria

Leonardo Báez Fuente.-

Un viernes por la noche de 1981 Rosa no regresó a su casa.

Ella era gerente de una pequeña compañía de cosméticos de la cual era propietario un sonorense y tenía sus oficinas y bodega en la Colonia Escandón. Días antes su jefe había recibido en la bodega un cargamento de medicinas caducas que “un amigo” le había pedido guardar. Ese viernes aparecieron en la bodega múltiples automóviles negros sin placas, sin identificación y con un grupo de tipos armados que se ostentaron como agentes de la Dirección de Investigación y Prevención del Delito de la Secretaría de Protección y Vialidad del Distrito Federal, de la cual era titular nada menos que Arturo Durazo Moreno, “El Negro” Durazo, conocido delincuente con placa, amigo íntimo y protegido por el presidente José López Portillo.

Ahí señalaron que las medicinas eran ilegales, tomaron como rehenes a todos los que trabajaban en la empresa. Rosa, que era mujer inteligente y valerosa, negoció con los pistoleros para que dejaran libre al personal, avisó a su jefe y al abogado de la empresa para ver qué hacía. Los agentes clausuraron el inmueble y se llevaron a Rosa a las oficinas centrales que se ubicaban en la Plaza de Tlaxcoaque.

En la oficina trabajaba una tía de Rosa; ella fue la que les avisó a todos los parientes lo que sucedió. Rosa fue incomunicada. No obstante que su ex marido y sus parientes podían verla a distancia, los agentes al mando de Carlos Arturo Cisneros Schafer (subalterno de Francisco Sahagún Baca, ambos que años después huyeron del país como probados delincuentes), les informaban que Rosa no se encontraba ahí. Rosa fue secuestrada todo el fin de semana. Afortunadamente no fue físicamente torturada ni sometida a interrogatorio alguno. Solo la soltaron hasta que su jefe pudo enviar una maleta con un millón de pesos de la época para que la dejaran libre. Nunca hubo acusación alguna, ni presentación ante el Ministerio Público y menos ante un juez penal. No se supo de qué la acusaron. Sólo se pagó el rescate a quienes tenían la obligación de cumplir con la ley y no se supo más del asunto.

Rosa regresó ilesa a su casa días después ya que sus parientes la llevaron a un domicilio en Ciudad Satélite mientras pasaban las setenta y dos horas de la flagrancia. Mientras todo esto sucedía, sus hijos de doce y siete años se dieron cuenta de lo que pasó, su padre nunca los dejó solos en ese trance. El regreso de Rosa a su casa fue la fiesta de todos; la paz de su familia y el cariño de sus hijos hicieron que su ordalía se fuera quedando sólo en un mal recuerdo.

Por eso cuando alguien me dice que en la Docena Trágica la delincuencia se encontraba sometida, les  digo que es cierto: Sometida al presupuesto y trabajando dentro del gobierno en donde los capos eran los jefes policiacos.

Por cierto, el niño de siete años era yo.

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