Siempre fueron Los Rojos

Julián Andrade.-

La presencia del crimen organizado en la Escuela Normal Isidro Burgos (Ayotzinapa) fue detectada desde hace años. En las indagatorias de la entonces PGR y en la recomendación de la CNDH hay elementos que así lo indican.

El grupo de Los Rojos es el que interactúa en la zona y en el plantel. Son peligrosos y sumamente violentos.

Una de las explicaciones de lo ocurrido en Iguala, cuando los estudiantes normalistas fueron detenidos por la policía municipal para luego ser entregados a los sicarios que los mataron, quemaron sus cadáveres en el basurero de Cocula y esparcieron sus restos en el Ríos San Juan, tiene que ver justo con esa organización y con sus rivales, los Guerreros Unidos.

Los normalistas fueron confundidos con integrantes de Los Rojos y por eso los eliminaron. Una verdad cruda, pero de la que no existen avances porque se trató de no hablar mucho del asunto, para no complicar más las cosas.

El entonces presidente Enrique Peña Nieto se comprometió con los padres de los jóvenes desaparecidos, los 43 de Ayotzinapa, para evitar que la PGR se refiriera a esa variable de las indagatorias. El gobierno cumplió razonablemente, pero luego vinieron acusaciones sobre supuestas omisiones en las indagatorias.

Hace unos días, luego de que un grupo de normalistas de Ayotzinapa utilizó un tráiler como proyectil contra elementos de la Guardia Nacional, el presidente López Obrador afirmó que hay criminales infiltrados en las filas de los jóvenes.

Planteó el asunto como una sorpresa, una revelación cuando en realidad no lo es. Es probable que el presidente de la República no conociera a cabalidad lo que ocurre en torno a las indagatorias sobre la desaparición de los normalistas, pero hay quienes sí lo saben y quizá no le informaron por miedo o conveniencia.

Lo primero para no ser denostados públicamente por las redes de intereses que gravitan en torno al problema o porque se sienten cómodos acusando a ex servidores públicos en lugar de proceder contra los verdaderos responsables de ese penoso y grave suceso.

El aceptar que existen intereses criminales en Ayotzinapa no tiene nada que ver con acusar a los normalistas y mucho menos a los que desaparecieron. Al contrario, no ocuparse de esa variable es prolongar la impunidad y permitir que quienes los condujeron a una trampa se salgan con las suyas.

Si se quiere justicia, por ahí hay que trabajar y con mucha decisión, alejándose de la propaganda, para dar paso a tareas policiales y técnicas que conduzcan a llevar a los responsables de la espantosa noche de Iguala ante los tribunales para que paguen por todas sus fechorías,

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