Mi querido viejo

Nav Melech.-

A mi amigo, mi hermano y el recuerdo eterno de su padre.

Me acaricia el silencio y mis pensamientos no dejan de dar vueltas en mi mente; bailan cuando es menos debido, y ahuyentan mi descanso. Escucho a mi amigo Luis levantarse de la cama. Sus pies descalzos se mueven en zigzag a través de los papeles del suelo. Siento su caminar pesado, devastado y lleno de tristeza. Abre la ventana del balcón y sale.

Salgo a verlo. Luis fuma con lágrimas escurriendo por sus mejillas. Al verme me recibe con una sonrisa; conteniendo con todas sus fuerzas el dolor de su pecho. Ambos miramos hacia la luna. Con la voz cortada me pregunta: -¿Qué voy a hacer ahora, manito? –La verdad es que no sé. Contesté. Un silencio nos quiso consumir en ese instante; así que interrumpí la pausa y abracé a Luis del hombro; lentamente él fue rompiendo en llanto.

Casi susurrando le dije: – …Pero no siempre va a ser así. Sé que la vida nos acariciará próximamente. Ella volverá y tú estarás en sus brazos de nuevo. Estaremos viviendo los tres juntos en un departamento cerca de la universidad. Podremos dedicarnos a hacer cine, escribir, pintar y ser felices. Miraremos estos días con añoranza; y esa luna nos verá realizada. Te prometo que serán días diferentes…

Pasamos esa noche hablando del futuro. Con elocuencia construimos un castillo de poemas inquebrantable; forjado por los peldaños de la esperanza y la honestidad juvenil. Ambos nos aferramos a una juventud ardiente; llena de revolución y poesía irónica. En aquel entonces no sabíamos nada de la vida y nos enamoramos perdidamente de ella. 

Al día siguiente amanecimos con dolor de cabeza y somnolientos. Bajamos a desayunar. Luis caminaba con lentitud y con un peso irrevocable sobre los hombros. El padre de Luis lo miró extrañado y lo primero que hizo fue recibirlo con un beso en la mejilla y un abrazo caluroso. Miré aquella interacción y un pedazo de mi corazón se calentó de felicidad.

Luis respondió con una risa penetrante. Las lágrimas de ayer habían sido borradas por su padre. En un solo movimiento le arrebató la tristeza del cuerpo. Una habilidad que nunca había visto antes. Ví a Luis reír con fuerza y sin miedo. Su papá le alimentaba el alma y al escucharlo le alimentaba el corazón.

Pasaron muchos años y la vida nos llevó por caminos distintos; pero aún recuerdo el amor en la mirada de su padre. El amor más puro y destructivo que puede existir. Un amor que puede hacer tantas cosas y al mismo tiempo se limita por tanto. Es la llama que nunca termina de arder; son las discusiones de las cuales siempre nos arrepentimos y las lágrimas que duelen al salir de nosotros. El padre es el poema que nunca queremos terminar de escribir. El abrazo que no queremos dejar ir.

Llega el tiempo y nos despedimos del amor más hermoso de nuestra vida. El silencio se vuelve un mar tormentoso, y la mirada se vuelve un péndulo calcinante en nuestro corazón. Las conversaciones se vuelven necesarias; y buscamos todos los detalles para sostenernos al declive del amor. Nos volvemos una novela inconclusa y llorar se vuelve una solución. Gritamos el nombre de nuestros padres para buscar un sentido en nuestra vida; remediar lo desconocido del mañana. Lloramos en silencio, pero brindamos con sonrisas sus miradas ya cansadas.

Para ti manito; hoy canto contigo: “…Yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo”.

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