Ir a la fuente

Rubén Cortés.-

Ahora que van 37 cambios de puestos de gobierno en el sexenio, para premiar lealtad sobre capacidad, y 16 ayudantes del presidente asumieron posiciones de mando; debemos celebrar la sinceridad del mandatario cuando explicó su mandato:

“Nuestros funcionarios deben tener 90 por ciento de honestidad y 10 por ciento de experiencia. Ya para irnos entendiendo, porque hay quienes tienen mucha experiencia, están graduados hasta en universidades del extranjero, tienen hasta doctorados, pero son deshonestos, y a nosotros lo que más nos importa es la honestidad”.

Es un centralismo en la toma de decisiones propia de los sistemas socialistas autoritarios. Pero en eso también es franco el presidente: en la Fiesta Patria de México pidió un monumento mundial para Cuba, un Estado autoritario.

Y envió representante a la quinta autoproclamación de Daniel Ortega como autócrata, junto a las autocracias de Cuba, Belarús, Turquía, Venezuela, Vietnam, China, Corea del Norte, Irán, Rusia y Siria.

Además, el secretario de Gobernación, dijo ayer que no es necesario ser especialista en líneas férreas para dirigir la construcción del Tren Maya, al explicar designación de alguien, con estudios apenas de preparatoria, a cargo de esa obra.

El presidente puso a un operador político a dirigir la  construcción emblemática del sexenio, pero la cual presenta retrasos y cambios de trazo que la ponen en riesgo para inaugurarla dentro de un año.

Tampoco sabe mucho de petróleo el director de Pemex, la principal paraestatal del país: es especialista en siembra y cuidado de cultivos. Pero es del mismo pueblo que el presidente, igual que el del Tren Maya y el propio titular de Segob.

La semana pasada, una integrante de la Ayudantía del Presidente fue colocada al frente de la Dirección General de Análisis Criminal en la Secretaría de Seguridad Pública. Antes, ya habían ascendido a altos puestos de gobierno 16 compañeros suyos en la Ayudantía.

El premio a la fidelidad es un sino de los gobiernos autocráticos. Chávez hundió Venezuela en abril de 2003: decidió eliminar al talento del país, empezando por despedir a 17 mil 871 altos profesionales de la paraestatal PDVSA.

Los sustituyó con improvisados de 10 por ciento de capacidad y 90 de fidelidad, porque estaban en contra de su orden de quitarle a la empresa cuatro mil millones de dólares de inversión, para dedicarlos a obtener firmas para su revocación de mandato.

Chávez explicó el despido de los geólogos, geofísicos e ingenieros de depósito que se oponían a sus decisiones: “El pueblo no necesita a esas lacras”. El “pueblo” era él. Eso lo explicó también. “Chávez es el pueblo. El pueblo es Chávez. Yo ya no me pertenezco”.

Por eso, quién no entienda, debe ir a la fuente: el presidente.

Él es siempre sincero.

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