Cuando ondea la bandera esclavista

Julián Andrade.-

Hay señales que no auguran nada bueno. Hace un año, el 6 de enero, la bandera Confederada, símbolo del esclavismo y la segregación racial, ondeó en el Capitolio. El hecho es ya una efeméride, porque ni durante la guerra civil ocurrió algo así.

Una turba de rufianes irrumpió en los salones de la edificación, en que sesiona el Congreso, para impedir la calificación de la elección presidencial.

El presidente Biden los describió en unos trazos: “no era un grupo de turistas, era una insurrección armada”.

En efecto, tenían la intención de impedir que culminara el proceso electoral y al hacerlo lograr que Donald Trump permaneciera en la Casa Blanca. Una locura, en efecto, pero de alto riesgo.

Otro dato quedó consignado para los listados de lo inusitado: era la primera vez en la historia de la democracia en Estados Unidos, en la que un candidato no reconocía su derrota y ponía en riesgo la transmisión pacífica del poder.

Una comisión del Senado está indagando hasta dónde tuvo que ver Donald Trump con las manifestaciones violentas. Hay pistas. El 5 de enero escribió en su cuenta de Twitter: “»Washington se está inundando con la gente que no quiere ver una victoria electoral robada por demócratas radicales de izquierda. Nuestro país ha tenido suficiente, ¡no lo van a aceptar más!».

Nadie le robó nada a Trump, es más, la diferencia con Joe Biden es de más de 5 millones de votos, pero construyó toda una teoría de la conspiración que alimenta el odio y las pulsiones más peligrosas de la ultraderecha.

Por lo pronto, hay dos centenas de personas implicadas en el asalto al Capitolio y sujetas a indagaciones federales.

Trump es un mentiroso consumado, pero que ha hecho de su padecimiento una herramienta de propaganda política. Sabe de las frustraciones de la América profunda y la aprovecha. Siembra odio y pretende cosechar una tormenta en los próximos años.

El movimiento del ex presidente sigue vigente y con posibilidades de activarse en el 2024. Será otra prueba de fuego para la democracia liberal y mediará, de nueva cuenta, la fortaleza institucional de los Estados Unidos.

La coyuntura es muy delicada y hay una suerte de negación sobre las posibilidades de que inclusive existan episodios de violencia. Esteban Marche escribió en The Guardian apenas el 4 de enero de este año: “En vísperas de la primera guerra civil, las personas más inteligentes, más informadas y más dedicadas de los Estados Unidos no podían verla venir. Incluso cuando los soldados confederados comenzaron a bombardear Fort Sumter, nadie creía que el conflicto fuera inevitable.”

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