De despojos e impunidad

Leonardo Báez Fuente-.

Cuando llevé Derecho penal en la Facultad los maestros formulaban siempre la siguiente frase: “La cárcel está llena de inocentes, de pobres y de pendejos”. Cuando los alumnos la escuchábamos, creíamos en ella a pie juntillas, pensando que era literal, sin comprender el sarcasmo que ella contiene: Todos los internos afirman ser inocentes de lo que los acusaron y condenaron, todos afirman que están ahí por no darle dinero a las autoridades que los extorsionaron (evidentemente al detenerlos al estar cometiendo uno o varios delitos) o que los agarraron e inculparon por estar en el lugar equivocado o con las personas equivocadas (generalmente con otros delincuentes ayudándolos o haciendo transacciones con ellos). 

Esto no lo ven los sociólogos o investigadores universitarios que desde sus cómodos cubículos apostrofan que el sistema penaliza y criminaliza a los inocentes y a los pobres (de los imbéciles no dicen nada). Es el fruto del culto al criminal tan arraigado en la psique nacional, que pretende siempre hacer valer que el pobre comete delitos por necesidad y no por maldad pura.

Esto se ve muy notoriamente en uno de los delitos más socialmente aceptados en el país: El despojo.

El despojo es el delito que comete cualquiera que por propia autoridad, por medio de la violencia, furtivamente o empleando amenazas o engaños ocupe un inmueble o haga uso de él. Este delito que afecta a los propietarios particulares y a las zonas ecológicas protegidas por igual, implica que se le sustrae al titular de un inmueble de la posesión del mismo sin motivo alguno más que las razones hormonales que aluda el delincuente para ello.

El despojo fue incitado por muchos años por grupos “sociales” cuyo mayor interés era apropiarse de inmuebles cayendo como una plaga bíblica sobre de ellos y contando con la negligencia e incluso, connivencia de las autoridades para que ningún poder humano los pudiera sacar de los predios que ocupaban. Al caer de la noche a la mañana y sin modo alguno de averiguar su origen se les llamaba “paracaidistas” y por muchos años han sido una plaga urbana que exige y extorsiona para que las autoridades municipales y citadinas les otorguen los servicios básicos de agua potable, drenaje, energía eléctrica, calles, avenidas, banquetas y mobiliario urbano.

El caso del Cerro del Chiquigüite es notable por ello. Barrios formados por bandas de invasores quienes se instalaron en zonas ecológicas de alto riesgo, donde el gobierno en turno les dotó con servicios y a los que se les permitió hacer lo que quisieran a cambio de votos a favor del político en turno. Lo malo es que la naturaleza no entiende de grilla y hace todo lo posible para que los politicastros y los invasores caigan en cuenta que con ella no se juega. Ahora se lamentan de una tragedia que podía haber sido evitada al costo de no ser socialmente sensibles y coherentemente realistas: Expulsarlos hubiera sido su salvación.

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