González Pedrero: las tensiones y el tiempo

Julián Andrade.-

El 5 de septiembre se publicó una pequeña esquela en La Jornada rememorando la muerte de Julieta Campos en 2007. El homenaje estaba firmado por quien fue su esposo, Enrique González Pedrero.

Un día después, moriría el ex gobernador de Tabasco y uno de los ideólogos más interesantes del priismo y de sus extensiones democráticas. Extraña es la vida y sus azares. Ambos se casaron en París, cuando González Pedrero estudiaba  la Escuela de Estudios Políticos.

Animado por sus maestros de la Facultad de Derecho de la UNAM, escribió su tesis sobre los manuscritos económico- filosóficos de Carlos Marx de 1844.  

Trató a Jesús Reyes Heroles cuando este era presidente del comité ejecutivo del PRI y el tabasqueño secretario general  y si bien no fue su maestro, entabló con él un diálogo fructífero y cotidiano.

Escribió una biografía de Santa Anna que describe al personaje desde la propuesta misma: País de un solo hombre.

Se ocupó de los problemas de su tiempo, buscando soluciones construidas bajo el diálogo, en momentos en que se empezaba a hilvanar el largo tejido que propiciaría la transición a la democracia.

Enrique González Pedrero. Foto: TV UNAM

Es probable que González Pedrero haya condensado y procesado la cercanía y a la vez la distancia con dos de los personajes políticos que habrían de marcar el presente mexicano: Carlos Salinas de Gortari y Andrés Manuel López Obrador.

Querámoslo o no, en esos extremos se modula el debate político aún ahora y se establecen diagnósticos de viabilidad o de riesgo en la agenda de largo plazo.

Modernizadores o transformadores en un péndulo que define momentos y que inclusive marca los flecos de las épocas, de las tensiones que, de modo irremediable, se desatan en la vida pública.

Quizá porque siempre gravitó en el progresismo González Pedrero  supo de las dificultades y los desvelos que implicaba modernizar al país y darle un sentido democrático.

González Pedrero se formó al amparo del partido dominante y de sus reglas, pero supo desatarse de sus ataduras cuando considero que ya no existía espacio para lo que creía y, aún más, anhelaba.

 Ejerció la política y lo hizo bien, en su estado y fuera de él, en la diplomacia o en la elaboración del discurso.

Fue un intelectual  y con sabiduría, un bien escaso en las arenas de la política donde transitó con éxitos y superó más de una tolvanera.   

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