De represiones engañosas

Leonardo Báez Fuente.-

Mucho se ha escrito de la represión y de las guerras sucias de los años setenta del siglo XX. Siempre se ha narrado una parte de ella, la de las  “víctimas” (si, entre comillas) y nunca se analizan las causas de que se llevaran a cabo semejantes reacciones frente a las supuestas “luchas sociales”, mismas, que de acuerdo con la narrativa oficial actual, fueron combatidas sólo por el gusto de ello y no se ve que en el fondo de las mismas, siempre se redujo a la lucha contra los actos delictivos o subversivos.

Me explico: casi no existen testimonios históricos o crónicas que validen las razones de la lucha en contra de los guerrilleros y sólo se ve el lado de los represaliados o la maldad de los represores  sin que se explique con algo más allá que un combate entre “buenos” y “malos”. La visión maniquea de estas circunstancias únicamente nos lleva a desconocer la realidad que rodeó una época carente de información fiable, más allá de la propaganda, los chismes y la victimización.

El ejemplo mexicano es una excepción al caso de las guerras sucias: No existía una dictadura militar como ocurrió en casi toda América Latina, sólo el régimen de partido único, mismo que había sofocado levantamientos locales y caciquiles desde los años veinte, que había pasado por una guerra civil – religiosa a gran escala que reprimió con suma brutalidad y que había reducido a la oposición política por medio de la cooptación y la corrupción pacífica. A los movimientos “sociales” de burócratas y empleados de empresas gubernamentales los había reprimido con cierta liviandad complementada con muchas cesiones en las negociaciones laborales y sobornos a los líderes sindicales, quienes a  la larga tomaron el control de las empresas hasta llevarlas a la ruina.

La radicalización de las posturas llegó con la inclusión de estudiantes e “intelectuales” universitarios egresados, para no variar, de las instituciones públicas, mismos que al egresar exigían su inclusión en las nóminas gubernamentales y en las condiciones para ellos más beneficiosas, para relevar a las viejas guardias del priiato, mismas que se negaron en redondo a dejar las lucrativas posiciones con las que podían extorsionar a la gente ajena a ellas. Ello lanzó a la lucha violenta a los rechazados por el sistema.

Cuando se revisan las consignas “revolucionarias” de los grupos armados, es imposible no reírse de ellas: Todas provienen de las aulas universitarias más rancias (Siendo que en México todo lo que sale de las universidades públicas es rancio y levemente pútrido) en donde los estudiantes que nunca habían trabajado exigían a quienes sí lo hacían, entregarles el poder y los recursos del país para que ellos hicieran “justicia social”, que como es bien sabido, consiste en quitarle al productivo para dárselo al burócrata improductivo (valga la redundancia) y ellos dárselo a la entelequia llamada Pueblo. Hoy lo vemos en el esplendor del robo y la corrupción de la Cuarta Transformación.

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