Cuando la muerte tiene permiso

Julián Andrade.-

A los policías los cerca la muerte y eso no hay que olvidarlo. Es un trabajo duro y mal recompensado. A Joel Ernesto Soto,  jefe policiaco de Sinaloa asesinado el lunes, ya lo habían tratado de matar cuando trabajaba en Mazatlán.

A los bandidos les gusta la sopa fría. Tienen tiempo para consumar sus venganzas y por regla general nadie se ocupa del asunto. Por eso las líneas de investigación se suelen extender y más en la medida del tiempo que el oficial  se desempeñó en tareas relevantes y de los enemigos adquiridos con el paso del tiempo.

Al margen del móvil del crimen, es evidente que tiene que ver con su trabajo, con los intereses que afectó y a los criminales que molestó.

Los integrantes del cártel de Sinaloa hacen más o menos lo que les viene en gana y eso es lo que provoca que las dificultades aumenten. El caso Ovidio, el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán que fue dejado en libertad,  es tan solo la cima de un iceberg muy profundo.

El tema es espinoso, porque revela una degradación de la seguridad y al mismo tiempo da cuenta de las dificultades que se enfrentan y se seguirán enfrentado en la medida en que no se establezca una estrategia de seguridad eficiente. El problema es tan claro como terrible: se asesina policías con un alto grado de impunidad y ello es lo que lo hace posible. Los matones saben que lo más probable es que no ocurra nada relevante y que después de las condolencias venga el olvido. Triste pero cierto.

La violencia que no se castiga y no para.

Es un círculo vicioso. Para romper esta dinámica hay que insistir en la condena del crimen, en dejar claro que algo así no pude ocurrir y que si sucede, habrá consecuencias.

Lo peor es resignarse a las bajas que implica el trabajo policial, cuando ello no tiene que ser así. Aquí es donde la prevención y la inteligencia cobran sentido. Para eso sirven, para evitar, entre otras cosas, que sigan matando a quienes trabajan para protegernos.

La seguridad es un tema central y no hay que olvidarlo, sobre todo porque su dinámica es ajena a los deseos voluntaristas y a las fantasías. Es una zona de la vida pública donde los errores suelen salir muy caros y costar vidas, como la de José Ernesto Soto, jefe de los uniformados sinaloenses.

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