La banalidad y el Metro

Raúl Flores.-

Agradezco a Julián Andrade la invitación a escribir en El Bastión de Papel, espero poder estar a la altura de las plumas que le dan prestigio y resonancia.

Cumplir las órdenes es una conducta apreciada en diversos órdenes, el militar, en los trabajos que implican habilidades corporales o prácticas, en menor medida en las profesiones intelectuales en donde se precisa de la innovación y el ingenio y también en las artísticas o artesanales donde el impulso creador por regla general no precisa de amos o jefes.

En la política, como en la milicia, el “ cumplir órdenes” nos aleja del absoluto y nos coloca en el reino de la circunstancia y la causa originaria, en los terrenos del beneficio o el daño.

Los gobernantes deben tener acotada su capacidad ejecutiva por un marco de leyes y esas leyes obtener su fuerza gracias a su capacidad para buscar el beneficio para la comunidad política,  –“lo que es bueno para la colmena es bueno para la abeja” decía el emperador estoico Marco Aurelio–, y a ser aceptadas y acatadas por todos como corresponde al Estado de Derecho.

Hago este preámbulo porque a raíz de la tragedia ocurrida en las cercanías de la estación Olivos de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, han aflorado conductas que recuerdan a lo plasmado por Hannah Arednt en su imprescindible obra Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, donde la filósofa alemana de origen judío demuestra cómo las órdenes pueden ser terribles (el caso de los nazis ordenando las torturas y matanzas del holocausto), y precisan de personas dóciles frente al dirigente y acríticas  para poder ser llevadas a cabo.

Para el incondicional –que no es el leal, pues la lealtad implica juicio y critica–, lo que el mando dicta está bien. Lo que importa es ser eficaz en lo inmediato, no el costo humano y material de sus acciones. Por eso hoy la crisis política derivada de la tragedia es mayor, porque obedecer ciegamente sustituye a la capacidad de ver la proporción, la necesidad de retener el poder y el “futuro político”, inmuniza frente al dolor y consecuencias humanas del hecho.

Por eso no hay renuncias ni culpables, porque todas y todos obedecen a lo que consideran una voluntad superior, voluntad que decide incluso sobre su propio juicio y sentimientos. Extirpando sus valores en aras de la prevalecía del líder y su proyecto.

Harían bien quienes por años dijeron que no serían como los que la izquierda progresista tanto señaló, en las épocas pre toma del poder federal, recordaran que juraron que no serían los de “la hora que usted diga señor Presidente”; “los cocodrilos al final sí vuelan, poquito pero vuelan”; “al Presidente no se le dice que no”.

Por la memoria de las y los trabajadores y mexicanos de todas las edades muertos y heridos, por las víctimas de la pandemia, de la delincuencia desbocada, del desabasto de medicamentos , de las inundaciones e incendios, de tantas desgracias originadas por órdenes absurdas. Ya llegó la hora de la pausa, la reflexión y la autocrítica, de la razón, de decir “no señor Presidente, está equivocado”, la hora del valor y los valores, antes de que Jerusalén los alcance.

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