Pienso en ti

Nav Melech.-

Una mesa amplia y con un borde que recuerda a los cuentos de antaño; en donde los navegantes perdidos saltaban hacia el fin del mundo, listos para caer en otro cuento. Elisa bajó la mirada a sus piernas, para encontrar a todos los piratas de sus cuentos; bebiendo, peleando y bailando sobre su vestido carmesí. Ella sonrió dentro de su imaginación, hasta que fue interrumpida por el comentario de una de sus tías. Elisa acercó una de las cacerolas a las manos arrugadas de su tía Galilea. Sobre la madera está la comida y bebida; encima de los platos están los rostros maquillados que cubren las conversaciones huecas y el anhelo de mejores años. 

Elisa esquiva todas las miradas que se aglomeran en la cena de fin de año. Sus ojos buscan rescate en los de su padre, quien no mira a nadie y está concentrado en tejer sueños en el techo. 

La cena empezó. Los vasos se alzaron, así como las sonrisas y las risas. La madre de Elisa tomó la palabra e hizo un comentario crítico y certero al gobierno de nuestro país. El novio de Elisa rápidamente salió a contestar en favor al gobierno, del presidente y de las promesas escondidas debajo de la alfombra de un palacio. Se hizo un silencio en la mesa. El joven prosiguió con un discurso lleno de resentimiento, molestia y apatía mal direccionada. 

Elisa miraba de reojo a su padre. Ella esperaba que él hiciera un comentario, que se alzaran sus ojos azules y todos sintieran su voz cálida. El padre de Elisa seguía comiendo sin hacer caso a los erróneos argumentos que hacía el joven. Tomó su copa y la bebió por completo. Silenciosamente se levantó sin que nadie lo viera y se alejó de la mesa. Al pasar por detrás de Elisa, acarició suavemente su cabeza y ella lo miró alejarse por el pasillo oscuro. 

Ella en silencio se levantó de la mesa y caminó por las paredes de una casa, -que ahora solo vive en sus recuerdos-. Encendió la luz del pasillo, y de golpe todos las vivencias regresaron a su mente. De nuevo volvía a ser una niña, sostenida de la mano de su padre.

Entró al cuarto que le perteneció toda su infancia y adolescencia. Miró todo con familiaridad y al mismo tiempo se sintió extraña. Las paredes habían cambiado de color, -habían envejecido-. Los libros del estante aún la miraban con amor. La ventana seguía invitándola a vivir y ser libre. La cama aún recordaba la forma de su cuerpo a la hora de llorar. 

Encima del escritorio estaban todos los libros de su juventud. Llenos de palabras que a la distancia parecen poemas, pero en su momento fueron las llamas más profundas de un alma iracunda. Ahora la palabra escrita: revolución, responde a un poema satírico; cuando en días anteriores tenía un sentido y voz. 

Junto a los ‘Cuadernos de la cárcel’ de Gramsci había un CD. En la portada se leía con pluma roja las palabras del padre de Elisa: “Para que recuerdes de dónde vienes, cuando olvides a dónde vas”. Era una selección de canciones, acompañada con imágenes: 1.Fiesta de San Benito’ – Inti Illimani – La imágen del padre Elisa, cargándola en brazos, en su primer cumpleaños. 2.La Muralla’ – Quilapayún – La imagen del padre marchando junto a la madre de Elisa. 3.Gracias a la Vida’ – Violeta Parra – La imágen de la madre embarazada, junto al padre besándole el ombligo. 4.Aquellas Pequeñas Cosas’ – Joan Manuel Serrat – La imágen de Elisa abrazando a su padre en Navidad. 5.El Breve Espacio en Que No Estás’ – Pablo Milanés – La imagen de la madre fumando y sosteniendo un periódico. 6.No Soy de Aquí, Ni Soy de Allá’ – Facundo Cabral – La imagen del padre fumando junto a la ventana.

Elisa acarició el disco, junto con todas las imágenes. En sus manos sostenía el poema más hermoso que alguien podía haberle dedicado. Las pulsaciones de su corazón; junto con el dolor del pecho de muchos años, se fue tranquilizando. De repente, Elisa sintió la mano de su padre sobre su espalda. Ella volteo a verlo y él dijo: – “Vaya. Parece que tu novio se siente de izquierda.”. -“Ay papá. La izquierda desapareció hace muchos años”. Contestó Elisa mientras le entregaba el disco. – “Así es hija. Ahora muchos creen conocer lo que tú madre y yo vivimos. Nunca sabrán lo que es el calor y el dolor de las calles en los pies, las corretizas de pinta en la noche, o el miedo de ver caer a un hermano por el camión. Todo eso, nunca lo van a entender. Aún así, nosotros nos hemos convertido en los ‘conservadores’, ‘los enemigos’. Cuando nosotros dimos todo por nuestro país, y llegaron otros a quitarnos la sillas que pusimos. Pero bueno; todo eso fue un sueño hermoso, hasta que apareciste. Tu volviste todos mis sueños realidad… Ven, vamos con tu madre, no la dejemos sola.”

Ambos salieron del cuarto y regresaron al comedor. Elisa sostuvo fuertemente la mano de su padre; tratando de forcejear los recuerdos sobre las paredes de su infancia. Regresaron a la mesa y el padre de Elisa colocó el CD sobre el reproductor y sonó: ‘Cuando Voy al Trabajo’ – Víctor Jara. El padre alzó una sonrisa sobre la mesa que recayó sobre su hermosa hija. El padre la miraba con amor, con paciencia, con felicidad; con la congruencia de su generación.

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