Michoacán, estado de guerra

Mauricio Juárez.-

La espiral de violencia que azota Michoacán pasa desapercibida por las autoridades federales y estatales. En 15 años, esa entidad ha estado dominada por diversos grupos del crimen organizado: Los Caballeros Templarios, La Familia Michoacana, Los Viagras y ahora el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Este año se han presentado ataques y enfrentamientos armados en Uruapan, Ario de Rosales, Coalcomán, Zamora y la capital Morelia, así como en Taretan, Tepalcatepec y Aguililla, en donde no solo atacan a las fuerzas armadas, también agreden a los ciudadanos.

Es alarmante que no sea tema del gobierno federal. El presidente Andrés Manuel López Obrador no lo ha abordado en sus conferencias matutinas. El silencio es cómplice de la violencia.

Sin duda esta es una situación que no le reditúa electoralmente. Por el contrario, refleja la situación de violencia e inseguridad que priva en gran parte del territorio nacional y que el gobierno es incapaz de solucionar. La Secretaría de Seguridad Pública tampoco se ha pronunciado.

Michoacán no está en el mapa político-electoral de Palacio Nacional ni tampoco del gobernador Silvano Aureoles.

El próximo año, cuando estén las campañas para elegir gobernador, los candidatos prometerán acabar con la violencia. Se quedará solo en eso, en promesa.

Silvano Aureoles, gobernador de Michacán

¿Dónde están las autoridades federales y estatales? Son los medios de comunicación quienes todos los días dan cuenta de nuevos enfrentamientos.

En 2006, el presidente Felipe Calderón envió al Ejército a Michoacán a solicitud del entonces gobernador, Lázaro Cárdenas Batel. El resultado es de todos conocido. Se desató una “guerra contra el narcotráfico” que desató la violencia en todo el país.

Seis años después, el gobierno de Enrique Peña Nieto quiso resolver el problema convirtiendo a las autodefensas en policías. Muchos integrantes de esos grupos eran parte del crimen organizado y aún así se les dio legitimidad. El fracaso es evidente.

Ahora, bajo el mando de López Obrador sucede algo todavía peor: no se hace nada. Por el contrario, se les permite atacar y matar sin ser perseguidos.

Es evidente que “acusar a los delincuentes con sus mamás” y los “abrazos” no han sido suficientes para evitar que la sangre siga derramándose.

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