Bradbury y las nuevas inquisiciones

Ariel González

En buena parte de la literatura y el cine de ciencia ficción, el futuro no está tan lejos como para no hacerse –muy pronto–  una profecía incumplida.  La enorme esperanza en el progreso científico y tecnológico ha sustentado un sinnúmero de historias que, cuando las vemos envejecer y quedarse en el pasado sin que ni siquiera remotamente estemos cerca del porvenir anunciado en ellas, nos producen una especie de paradójica nostalgia por lo que no fue y, más precisamente, por lo que todavía no es.

Ese no es, por cierto, el caso de Ray Bradbury, si bien ya pasamos la década de los noventa sin conocer un marciano y (lo que se antojaba más fácil) sin que el hombre haya podido viajar al planeta rojo. Él no es la clase de autor de ciencia ficción a lo Julio Verne que anticipe inventos, travesías o hazañas; ni tampoco forma parte de los que intentan ver, a la manera de Nostradamus,  un calendario de las décadas o siglos siguientes para fijar acontecimientos precisos.

La clave de Bradbury nunca es el cuándo, sino el qué y el cómo. Por eso Borges, en el prólogo a Crónicas Marcianas, escribió: 

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?

“¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo «fantástico» o a lo «real», a Macbeth o a RaskoInikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”.

La ficción de Bradbury no es más que un vehículo para reflexionar sobre nuestros miedos, odios, miserias y grandezas como especie. De ahí que lo fantástico no tenga  otro trasfondo que la soledad o el tedio de los que habla Borges.  El futuro no es más que un pretexto para sondear nuestro presente y lo que hemos sido, reconstituyendo  las tendencia que aparecen primero como larvas y más tarde crecen y se proyectan de manera terrible en esa zona que llamamos porvenir.

Pensemos en Farenheit 451, uno de los textos más famosos de Bradbury.  Nuestro escritor sabía, como lo dice en el prólogo de 1993 de esta obra, que se habían producido hogueras de libros antes. Y todo esto hizo que reflexionara sobre las probabilidades de que esto ocurra y se generalice en una  sociedad distópica.

Bradbury venía de presenciar el macartismo y de conocer la gran quema de libros de los nazis y Auschwitz, entre otras tragedias que el mundo ya había experimentado (incluidas Hiroshima y Nagasaki). Vistas todas estas persecuciones, matanzas y horrores, no podía sino imaginar que la intolerancia seguirá viva mientras haya quienes crean que las ideas y preferencias contrarias a ellos no merecen existir.  

Quemar libros, revistas y periódicos –todos incinerables a 451 grados Farenheit, de ahí el título de la obra– es lo propio de los regímenes totalitarios. Y estos no son cosa del futuro, sino de un pasado siniestro y un presente vergonzoso que amenaza siempre con expandirse y secuestrar el mañana.

Farenheit 451 tiene un punto de contacto innegable con lo que hemos vivido a lo largo de la historia y nuestra actualidad, que por mucho que encubra de distintas formas la intolerancia, la esencia de esta siempre aflora, a veces incluso “renovada” por discursos que se presumen progresistas y que responden a la corrección política más nefasta.

En la mayoría de los casos, los inquisidores de hoy no salen a quemar libros ni otros impresos. Se conforman con solicitar que sean retirados de las bibliotecas de sus universidades porque hieren su susceptibilidad (alegando raza, género o condición física). En otras casos, a nombre del feminismo o la igualdad, les gustaría reescribirlos para que tuvieran  un lenguaje “incluyente”; y otras veces (como en México) simplemente se le pide a la Secretaría de la Función pública que persiga a las revistas y editoriales incómodas para el poder.

Los tiempos han cambiado no exactamente como lo imaginó el escritor norteamericano, pero la esencia de su “ficción” mantiene toda su clarividencia realista: los bomberos de Farenheit 451 no están (estrictamente) entre nosotros pero han encontrado quienes los representen y hagan su trabajo sin queroseno; el universo audiovisual predomina ya por sobre la letra escrita, las televisiones gigantescas son la gran ambición del ciudadano medio y los ciudadanos que no leen son y seguirán siendo la masa favorita de nuestros políticos.

Bradbury –en el prefacio mencionado antes– dice que es “una predicción que mi Bombero Beatty hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe”.

Sin embargo, la fábula de Bradbury nos deja una esperanza: siempre habrá un bombero que dude y se arrepienta, una mujer que decida desparecer entre las llamas de su biblioteca  y unos locos que decidan memorizar a Shakespeare, Dante o Cervantes para que la inteligencia y la razón no mueran.

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