La gravedad de las palabras presidenciales

Mauricio Juárez*

El presidente Andrés Manuel López Obrador debe asumir la gravedad de sus palabras. Asegurar que en el gobierno de Felipe Calderón había un “narco-Estado” no puede considerarse como una de las muchas ocurrencias que lanza desde el púlpito presidencial. Es una acusación grave que, por ello, obliga al gobierno a investigar al expresidente.

El primero de diciembre de 2018, López Obrador juró cumplir la Constitución, lo que implica, entre muchas otras cosas, perseguir y castigar a los delincuentes. Para honrar ese juramento, su gobierno debe cumplir la ley, simple y llanamente.

No puede esperarse a que el pueblo bueno decida si el expresidente debe ser juzgado. Eso no es serio ni tampoco jurídicamente viable, porque, además, todos conocemos cuál sería el resultado.

La Fiscalía General de la República debe informar si hay investigaciones en curso en contra de Felipe Calderón. La gravedad de la acusación presidencial obliga a una explicación que deje satisfechos a todos los mexicanos.

El mandatario está campaña, conoce muy bien esa arena, la cual le es familiar y se siente cómodo, pero México requiere un presidente que propicie la unidad y no que sea quien divida a los mexicanos con sus ocurrencias matutinas.

Acusar sin pruebas también es un delito; si el presidente tiene los elementos para decir que en el sexenio 2006-2012 México era un “narco-Estado”, debe acudir a las instancias correspondientes a denunciar.

Inmediatamente después de las declaraciones presidenciales, Calderón respondió que López Obrador “ha iniciado una persecución política en mi contra”. Y lo retó a que si tiene pruebas en su contra de haber actuado de manera ilegal, “que no se espere. ¡Adelante! Aquí me tiene a sus órdenes”.

Nadie pide, porque eso es imposible, que Calderón y López Obrador lleguen a una conciliación, pero sí que se desenvuelvan con estricto apego a la ley y a la Constitución. El presidente debe dejar de utilizar sus conferencias matutinas para señalar, confrontar y dividir.

López Obrador debe hacer a un lado sus odios y rencores, y actuar como jefe de Estado, y no como un merolico que agrede y ofende a quienes no están dentro de su movimiento.

*Maestro en periodismo y experto en comunicación

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