La Quina y sus invitados

El poder y la prisión son metas más cercanas de lo que podemos imaginar. La Quina fue uno de los líderes sindicales más importantes de México. Parecía intocable, pero cometió el error de retar desafiar al propio presidente de la República. Pasó años en prisión, aunque con ciertos privilegios. Este texto lo escribí hace algunos años.

Julián Andrade

Fue a principios de los años noventa cuando pude conversar con Joaquín Hernández Galicia, La Quina. En aquel momento esperaba sentencia en la sección médica del Reclusorio Oriente de la Ciudad de México.

La Quina no era un interno cualquiera y contaba con algunas comodidades en su celda, pero además sus visitas eran sujetas a un trato distinto de los custodios.

Recuerdo que en la aduana, donde se hacen las revisiones, me pidieron “una cooperación” de 20 o 30 pesos. Asunto habitual para quien visita una prisión.

Todo cuesta.

Pagué la cuota sin discusión alguna. Nadie discute si quiere obtener los salvoconductos para acceder a la zona de visitantes o algunas de las crujías.

Al llegar al dormitorio del ex líder del Sindicato Nacional de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, uno de sus ayudantes, detenido con él en Ciudad Madero en enero de 1989, me devolvió el dinero y me dijo que los funcionarios “estaban apenados por el error, ya que a las visitas de “don Joaquín” nadie les pide nada”.

La Quina, por aquellos años, quería sobrevivir a la cárcel y lograr una suerte de pacto con el gobierno que lo había puesto tras las rejas por homicidio calificado y acopio de armas.

Por eso había invitado a Teresa Jardí, mi madre, a tomarse un café y yo la acompañé.

Era imposible un acuerdo, y no era la interlocución pertinente, porque además el caso se convirtió en un referente del inicio de la administración de Carlos Salinas de Gortari y de un mensaje de que los poderes fácticos, al menos algunos, no durarían para siempre.

“El Quinazo”, como le llamaron a su detención, marcó al propio gobierno y puso las barbas a remojar de más de un líder gremial.

La Razón 12 de noviembre de 2013

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