Nav Melech.-
“Ella siempre será mi puesta de sol.” Escribí en el WhatsApp. Envíe el mensaje, -a un receptor desconectado desde hace varios años-, esperé estúpidamente un par de minutos por una respuesta que nunca habría de llegar. Me sentí tranquilo. Escondido en el baño. Tomando Bacardí lentamente desde mi vaso rojo. Tocaron tres veces a la puerta. Abrí cuando los golpes se hicieron más violentos. Obviamente al abrir, me vieron, y el cabrón que golpeaba la puerta no se atrevió a hacer, ni decirme nada. Salí lo más lento que pude del baño. Lo miré directamente a los ojos, sin bajar la mirada en ningún momento. -¡Ah! pero qué pinche prisa…pendejo- Exclamé al cruzarme con un imbécil dos veces más grande que yo. Era un tal Hugo, que esperaba entrar al baño para besuquearse salvajemente con una chica; ella tenía los ojos brillosos, un tanto llorosos -pobrecita-, pensé. Úrsula, la chica que esperaba con Hugo, estaba a nada de desmayarse de borracha.
“Ella siempre será mi hogar”. Volví a escribir en mi celular. Mandé el mensaje. Esperé como un tonto a que mi celular sonara, lo cual no ocurría desde hace un par de años. Estuve parado, estático junto a la mesa de las botellas, los refrescos y los hielos que se escurren peligrosamente por el piso. No estorbaba en lo absoluto. Tomé la botella de 400 Conejos, con una sola mano, y con la otra continuaba escribiendo en mi celular. Un cigarro apareció en mis labios. El primer humo me provocó un par de lágrimas en el ojo izquierdo. “Solo ella sabe fumar, todos los demás lo intentan.” Escribí. Recordé sus ojos azules. Sus manos desnudas, su cuerpo desnudo, sus pies acurrucándose con los míos. Recordé que el cigarro nunca logró hacerla llorar, pero sí lloró cuando tuvo que hablar conmigo y sollozar diciendo que iba a irse para siempre.
Alcé la mirada. Un cuarto repleto de personas. “Quiero que sepas que te dediqué mi vida entera”. Escribí antes de volver a encontrarla. En ese instante no sabía cómo llamarla. Por supuesto que recordaba su nombre, no soy ningún imbécil. Todas las noches susurro nostálgicamente su nombre dentro de una almohada. Vamos, lo que quiero decir es que me quedé petrificado, inmovil, al verla llegar. Llegó de golpe toda la historia entre nosotros dos. Ella llegó bailando. Sus amigos imitaban sus pasos detrás de ella. Recordé todas las flores en su cabello rizado. -Nunca dejaré de amarla.- Pensé, o tal vez lo dije en voz alta. -No digas tonterías.- Pensé, o tal vez eso lo dije en voz baja.
Ella me vió. Se acercó. Ella tuvo que comenzar la conversación, de otra manera íbamos a quedarnos en silencio toda la noche. Se acercó a mí con su amiga, una tal Abril. Las miré a ambas desde que llegaron; ella también notó mi presencia, bueno, después de diez minutos eternos, inmensos, y después de haber saludado a todo mundo. Me dejó al final. Se veía igual de hermosa. Sé que es tonto decirlo. -Pero ustedes no entienden la dimensión de su hermosura.- Pensé, o tal vez se lo comenté a un grupo de personas junto a mí, los cuales no prestaron atención a mis palabras, excepto una chica que mostraba una expresión déspota y de incomodidad con mi presencia.
Ella se acercó a mí con un Kosako verde. -Qué pinche asco.- Pensé. Se acercó y acarició el anillo de mi mano izquierda. Ella lo reconocía bastante bien. -Todavía lo tienes.- Exclamó dentro de una sonrisa. No contesté, únicamente asentí con mi corazón, con mi cuerpo, con mis ojos y con todo el peso de los años que se van guardando dentro de mis pies cansados. Al besar mi mejilla sentí sus brazos rodear suavemente mi cuello. Sentí un silencio infantil, un miedo abrasador como la primera vez que estuvimos desnudos, acostados, juntos, jugando a contarnos los lunares del cuerpo. Mis rodillas se enfriaron. Los huevos se me hicieron diminutos y se me subieron hasta la boca de la garganta. Quería bailar con ella. Quería sentir su olor de nuevo, al menos una última vez. Ella se fue a bailar con sus otras amigas. Toda la noche continuamos viéndonos, a escondidas, por encima de distintas cabezas extrañas. Estuve estático. Toda la noche estuve sin capacidad de moverme. Carajo. Cuando más necesito hacer las cosas es cuando menos tengo la fuerza de hacerlas. Dios me está jugando una de sus otras chingaderas, una vez más, y en el peor momento.
Bebí hasta que mis rodillas recuperaron paulatinamente su calor. Bailé entre toda la gente. Fumé y quemé los cabellos de algunos presentes. Me importó un carajo sus reacciones molestas, sus agresiones. Sentí empujones, burlas y comentarios hirientes sobre mi espalda. Reí fuertemente para que mi risa la hiciera venir hacia mí, o tal vez lo hice para no querer escuchar todo el repudio que había sobre mí en esos momentos. Nada funcionó. Ella está en la cocina, platicando con un cabrón hermoso. Ella ríe en silencio, para que solo él la escuche. Pinches celos que tengo.
“Ella será el dolor eterno de mi corazón” Escribí antes de salir del departamento. Subí a la azotea, aquí todo es más tranquilo; el aire ya no es tan frío, las nubes invitan a vivir de nuevo, la música de fondo invita a vivir una última vez. Desde aquí, a dos casas de distancia, también veo que hay una fiesta. Desde allá me miran y saludan eufóricos, alzan sus copas, alzo mi vaso y les devuelvo una falsa sonrisa. El cigarro en la azotea tiene un mejor sabor. Pienso en sus manos con las mías. -Otro cigarro no puede caer mal.- Pienso, o tal vez lo digo al recuerdo de mí mismo, sentado junto al balcón; un cuerpo flácido que fuma y bebe sin prestar atención a nadie. Ya nada puede pasar que arruiné este momento. Me acerco a platicar con esa imagen mía. Está cansado y no para de beber. Le ofrezco un poco de mi bebida y la acepta sin detenimientos. Siento una vergüenza descomunal por ese cuerpo, por aquel reflejo de mi verdadero ser. Trato de cubrirlo con mi chamarra, de cierta manera que se cubra su rostro y nadie pueda identificarlo. Ella se acerca detrás de mí. Quiere acariciar el rostro de mi recuerdo una última vez. Ambos sabemos que lo estamos perdiendo, lentamente va desapareciendo, su cuerpo se vuelve cada vez más y más delgado; sus manos grises reconocen el cuerpo de ella. Mi reflejo se levanta rápidamente para abrazarla. Se reconocen en un parpadeo del tiempo. Las leyes de la física no aplican para ninguno de los dos en ese momento. Ambos comparten una mirada, el beso se lo mandan por telepatía. Se aman al menos por el segundo que los miré detenidamente. Ella se aleja para volver a la fiesta, no sin antes acariciar la mano y decir: –Cuídalo por mí.- Asiento con miedo. Ella entra de nuevo al departamento. Me siento junto al reflejo de una persona que cada vez reconozco menos. Sé que él no está bien, ya no puede articular, ni siquiera puede ponerse en pie. -Respira hondo. No te apresures.- Le dije, con la falsa esperanza de que él contralara su dolor. Me miró como un niño que mira por primera vez el mar. Ambos nos tomamos de las manos. Sabíamos claramente qué es lo que iba a ocurrir a continuación. No sé si queríamos hacerlo al mismo tiempo, pero de que teníamos que hacerlo eso era más que un hecho. Sucedió. Sonó un golpe, como un cristal que se destroza, como un grito de una señora que mira asustada un acto fatídico. Asustado entré al departamento, casi corriendo, casi aventando al suelo mi último respiro de mis pulmones. En la puerta me encontré a un montón de gente, todos bailando, tomando y fumando. Chocando, aventando cuerpos pude moverme entre todo el bullicio de personas. La encontré a ella bailando, abrazada de los hombros de un joven aún más hermoso que el anterior. Le dije: -Ayúdame.- Detrás del ventanal se vio un cuerpo caer directamente a la banqueta. La música se detuvo un minuto después. Una chica comenzó a gritar. Las manos de ella se desvanecieron en el ocaso del tiempo. Me quedé solo, entre todos estos desconocidos. Lo último que ví de ella fue correr hacia la puerta. Se detuvo a despedirse de mí, antes de irse con él para siempre. Todos los presentes se abalanzaron sobre el ventanal para mirar el triste suceso. Nadie podía decir nada. El silencio abrazó a todos los presentes. Un cuerpo sin vida, sangrante, moribundo, con limitadas respiraciones, peleando por sacar la sangre de sus pulmones, los brazos deshechos, el cráneo abierto. No quedaba más de él. Quise salir del departamento para brindar mi ayuda, pero no pude salir nunca más de tal recinto. Me convertí en un espectro. Atado a la inmensidad de los tiempos, a este departamento, a las fiestas que ocurrieron aquí. Todos los presentes se fueron yendo conforme la noche seguía y más patrullas y ambulancias llegaban a casa. En cada salida de algún visitante traté de escapar, pero una fuerza descomunal me mantenía a raya de la puerta. Decidí afrontar mi destino, todo el silencio del hogar, del supuesto infinito que pronto me consumirá. Me quedé a dormir en el sillón de tal departamento, aunque mi cuerpo quedó varado en una avenida de Revolución. Triste destino, para una vida tan alegre. Eso fue hace cuarenta años, y yo no puedo irme a descansar.
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