Baño de Mujeres

Nav Melech.-

Mamá me dijo que nunca, pero por ningún motivo, entrará solo al baño de mujeres. Tenía cinco años y sus palabras se quedaron grabadas en lo más profundo de mi mente. Recuerdo su primer jalón y seguido un apretón en mi brazo regordete, su mirada fija en la parte más íntima de mi pudor. Mamá se inclinó hacia mi cuerpo infante, me pellizcó de la mejilla y dijo: 

-Que te quede muy clarito, hijo. Nunca vayas a entrar solo. ¿Estamos? –

Siendo pequeño, y con una increíble falta de respeto a la autoridad la cuestioné, a lo que ella me dijo que si osaba entrar solo al baño de mujeres habría de provocar lo impensable; tres brujas me roderarían, dos delante y una atrás, ninguna me dejaría escapar, dos de ellas me tomarían de los pies y se comerían mis orejas, acompañadas claro, con una cucharada de huitlacoche y queso fresco; y lo peor de todo, las brujas antes de liberarme habrían de ponerme una cola de burro entre las nalgas; lo cual provocaría risas en la escuela y la apatía de Rosa, la niña más hermosa del tercer año de primaria. 

En ese momento creí cada una de las mentiras de mi madre. En especial porque papá era sordo, y cada vez que mamá necesitaba un ejemplo para reprimirme señalaba al amor de su vida, le guiñaba antes de hablar y me decía susurrando:  -¡Ya vez! Fueron las brujas. –

Pasaron los años y mi intriga por conocer el baño de mujeres creció. Miraba con detenimiento a mis compañeras y conocidas entrar a dicho recinto, y notaba como siempre al salir se notaban más radiantes y hermosas. Quería saber qué ocurría ahí dentro. Salían tomadas de la mano, con las mejillas rosadas, pupilas dilatadas y una sonrisa de oreja a oreja. 

A mis treinta años visité la casa de mi madre. Vivía en la zona centro de la ciudad. No es muy importante su ubicación, pero sí para resaltar que el trayecto me tomaba al menos dos horas de camino. Llegué a su casa con la vejiga a reventar. -¿El baño, mamá?- Me señaló el pasillo y dió indicaciones girando su mano a mi izquierda. Al entrar no noté nada diferente al baño de mi esposa. Pasta de dientes, cabellos en el lavamanos, peines, ligas, perfume, jabón en barra. El excusado era parecido al que tenemos en casa. Salí más confundido de lo normal.

Admito que en incontables ocasiones intenté escabullirme dentro del baño de mujeres, pero fallé en todos mis intentos. Recuerdo una ocasión, a mis veinticinco años de edad; cuando solía recorrer las calles de la capital, siempre pasadas las diez de la noche. Una noche me encontraba cerca de la colonia Portales, seguramente dentro de cualquier bar o tugurio que tuviese el espacio suficiente para mis dos libros, mi libreta negra y vasos de cerveza en cada una de las esquinas. A lo lejos vislumbré a un grupo de chicas que venían festejando el cumpleaños de una de ellas. Tres chicas se levantaron y se encaminaron al baño. Era mi oportunidad de conocer el baño de mujeres, lo único que tenía que hacer era hacer una plática corta que me diera la oportunidad de presentarme con ellas, y en forma de broma, que me dejaran entrar con ellas. Al acercarme ninguna de las chicas le pareció agradable mis comentarios y tomaron la decisión de cortarme y alejarse de mí a la primera oportunidad. 

A lo largo de mi vida tuve incontables intentos como el anterior. En ninguno de los momentos pude adentrarme al baño de mujeres. No fue sino hasta que nació mi hija que por fin pude conocer el baño. 

Tenía treinta y tres años. Mi esposa se había quedado en casa a descansar. Era el peor año de nuestra vida. Tanto a ella como a mí nos habían renunciado de nuestros respectivos trabajos. Parecía que las nubes de la mala fortuna esperaban sobre nuestras cabezas. La hermana de mi esposa se había ido a vivir a Noruega, lo cual le provocó una gran depresión a Mónica, el amor de mi vida. Mónica y su hermana fueron tan cercanas toda la vida. Dos veces al mes se encontraban en los viveros de Coyoacán para comprarse flores mútuamente. Su partida marcaba un antes y después; un intento de maduración por parte de su hermana, que Mónica nunca terminó de comprender. 

Tenía a mi hija en brazos y estaba frente a la puerta del baño de hombres. Había fila, lo cual me pareció inusual. Mi hija comenzó a llorar, cada vez con gritos más agudos y desesperantes. Los demás hombres volteaban a verme, como si desprendiese un olor a caca insoportable. Molesto dí la vuelta y entré sin pensarlo en el baño de mujeres. Distintas damas se percataron de mi presencia, estuvieron a punto de hacer un comentario hasta que vieron a mi hija en brazos, en ese momento todas silenciaron sus opiniones y dejaron de vernos.

No despegué la mirada en ningún momento de mi hija. Puedo decir que desde que nació nunca la dejé de ver. No recuerdo ningún momento de sus cuarenta años que no haya dejado de verla. La miré correr y caerse, la ví salir de la escuela y caminar hacia el auto estacionado, la ví enamorarse y llorar; guardé sus diplomas y constancias, aplaudí sus menciones y galardones. No ha ocurrido un momento en mi vida desde que nació que no haya postrado mis ojos en todo lo que ella hacía.

Luciana lloraba por la rozadura del pañal. Rápidamente la cambié y opté por un pañal nuevo, con olores a lavanda y manzanilla. De inmediato silenció su llanto. Sonreía sin ningún diente y sostenía fuertemente mi dedo. Las mujeres caminaban detrás de mí, observando la escena, de la misma manera que  las personas se quedaban a ver a dos seres abrazarse. 

Vestí a Luciana con el vestido azul que su abuela le había comprado al mes de haber nacido. Giré y de golpe me percaté en dónde me encontraba parado. Frente a mí un espejo grande, limpio, fregaderos blancos, tres brujas limpiándose las manos, las tres con colas de burro salidas entre las nalgas. Me lavé las manos junto a ellas. Sonrieron y no me dijeron nada. En todo ese momento intenté anticiparme a cualquier exclamación que ellas hicieran, pero nunca sucedió. Tomé a Luciana y salimos del baño.

Volví a la mesa con un par de amigos. Notaron de inmediato mi mirada extrañada y perdida. -¿Qué pasó? ¿Todo bien?- Preguntó Raúl, a lo que contesté pensativamente: -Sí. Es solo que… nunca había entrado al baño de mujeres.-

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