Maestro

Nav Melech.-

Levanté el arma y apunté directamente a la frente de Elías. Nunca antes había recurrido a la violencia, y nunca quise amedrentar en contra de la vida humana, menos de la vida de este individuo que se presentaba con violencia a nuestro salón de clases. Pero él venía por la vida de uno de mis alumnos, y eso no lo podía permitir. Lo que pasó fue lo siguiente. 

Dos años antes de levantar una pistola por primera vez, había terminado la carrera de matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Al mes siguiente de mi titulación intenté encontrar trabajo en la ciudad, pero no tuve ningún éxito. Pasé cinco meses en entrevistas e incontables rechazos. Al sexto mes, decidí tomarme un tiempo para analizar mis opciones, y dos días después viajé al pueblo de mi padre en Chihuahua, para asistir al velorio de mi tío. Fue ahí que encontré a todos los cercanos de la infancia de mi padre. Al llegar me reconocieron por las fotos que mi papá enviaba a casa; y en ese instante me sentí por primera vez parte de una comunidad.

El velorio fue hermoso. Hubo café y pan caliente, un sendero de flores de todos los colores, que se alargaba desde el patio hasta la sala, música y niños jugando desde la avenida. Dentro del silencio y los pesares me rodearon cinco señoras vestidas de negro, con sus ojos llorosos y las manos juntas en el rosario. Supuse que mi tío fue una persona muy querida. Me dijeron que fue maestro de literatura, y por lo mismo la gente se encariñaba con su recuerdo. Abracé fuertemente a mi abuela y le hice creer que el cielo está más cerca de lo que realmente creemos; me miró molesta porque estaba negando su religión y los procesos con los cuales ella creyó que tenemos que despedir a alguien de este mundo. 

Antes de regresar a la ciudad mi tía me motivó a ir a una plática en una escuela rural, misma academia a la que había asistido mi papá de niño. Accedí por interés de conocer los senderos que alguna vez mi padre había caminado, y también por una sensación extraña que sentí al escuchar el nombre de la escuela.

Al día siguiente, el sol de la mañana golpeaba fuertemente nuestras cabezas. En la escuela primaria: “Zapata Vive, Escuela Técnica #36″, vislumbré decenas de infantes corriendo y riendo, exprimiendo completamente el sabor auténtico de la vida. Miraba atónito las sonrisas y la manera en la que los niños jugaban fútbol con una pelota ponchada. En mi asombro y distracción fue que me abordó una coordinadora; pudimos platicar y tratar de conocernos, y justo cuando iba a retirarme me ofreció uno de los trabajos más hermosos que he tenido en mi vida: maestro de matemáticas. Dudé en aceptar, y la coordinadora para convencerme me llevó a uno de los salones en donde impartían el curso de primaria. Entré a un salón con cuatro bancas rotas, y todas ocupadas, niños y niñas escribiendo en hojas sucias de papel, lápices mordidos y ventanas rotas junto a sus cabezas. La coordinadora me pidió un apoyo rápido para explicar la división; tomé el gis y comencé a explicar de la manera en la que siempre me hubiera gustado que me enseñaran. A mis espaldas escuchaba las voces coordinadas de los niños mientras cantaban el proceso de la operación. Cuando voltee a verlos, sus ojos sumamente abiertos, empapados de conocimiento, expectantes a cualquier cosa que yo dijera, ahí me dí cuenta que eso era lo que quería hacer yo con mi vida.

Nunca volví a la ciudad. En cambio, dediqué los mejores años de mi vida a todos los alumnos del 6to B y del segundo año de la preparatoria. Ellos me mostraron que mi vida estaba destinada a la enseñanza, y nunca a otra cosa. En su momento quise ser investigador, programador, hasta escritor de ciencia ficción; pero ninguna de esas labores se asemeja a la sensación de estar frente a quince niños dispuestos a dejarse maravillar por simples números y operaciones.

Mis salones preferidos eran los de primaria. Ellos no tenían miedo a equivocarse, sino todo lo contrario, gritaban números equivocados y no les generaba ninguna culpa estar en el camino incorrecto. A diferencia de los grupos de preparatoria; en donde es latente el miedo de ser corregido; hay pavor en que las risas se originen por una respuesta incorrecta, y la vergüenza es el pan de cada día para ellos. Pero con los salones de preparatoria es que dediqué más de mi esfuerzo que a todos los demás; en especial a un joven llamado Joel.

Joel vivía a cuarenta minutos de la escuela. Su madre había muerto en el parto. Su padre se dedicaba a cualquier cosa que depositara dinero al final de la semana. Lamentablemente, uno de sus últimos trabajos había tenido que ver con el crimen organizado. Joel sabía las cosas que hacía su papá, y él sabía que muchas de esas cosas eran peligrosas. En lugar de eso, Joel pasaba sus tardes aprendiendo a tocar la trompeta frente a la única carretera del pueblo. Antes de que terminara el segundo año, el papá de Joel murió en un encuentro violento entre dos grupos criminales, en la plaza del pueblo. Joel tiene una hermana menor de once años, no sé cómo se llama, pero Joel tiene una imagen suya, marcada en su único cuaderno escolar; es en esas veces cuando puedo verlo junto ella, cuando me entrega de vez en cuando sus tareas.

Joel tiene un primo que vive a las afueras de la ciudad, Elías. Su primo está metido en un grupo criminal. Manejan mucho dinero, mucho miedo. Lo he visto varias veces rondar por la escuela, hablando con las chicas de último grado. Él me mira de lejos y no dice nada. Como su mirada he conocido muchas; no quisiera explayarme en comentarios sobre las cosas que yo he tenido que atravesar en mi vida, pero esos ojos, listos a disparar, llenos de fuego, negros como el carbón, esos ojos están listos para tomar lo que sea que esté frente a su camino, esos ojos me dan miedo y los conozco muy bien. 

Joel vino a mí, dos meses antes de que acabara el curso. Me pidió diez mil pesos. Quería huir a Estados Unidos con su hermana. Me comentó que tenía problemas con su otra familia, la de Elías, querían meterlo al negocio. Joel tenía miedo por su hermana. En dos semanas junté el dinero que Joel necesitaba y se lo dí, no fue suficiente, le pedían treinta por los dos. Joel mandó a su hermana primero a Estados Unidos. El día del examen de ecuaciones de primer grado, Joel me pidió otros diez mil pesos. No pude dárselos en ese momento. Joel pasó el examen con ocho.

Me enteré días después de que Joel había buscado el dinero restante con Elías. Hubo problemas y terminaron peleados. Elías estuvo buscándolo varios días para cobrar los favores. Me enteré que la hermana de Joel había muerto en el trayecto a Estados Unidos. Joel reprobó su tercer examen del semestre, no pude ayudarlo a que pasara. Días después, Joel mató a uno de los amigos de Elías en un altercado fuera de un bar. Joel vino a mi casa esa noche y me contó todo. 

Elías tocó a mi puerta, dos semanas antes de que terminara el curso escolar. Fui amenazado de muerte, pero mis miedos recaían únicamente en Joel, que se escondía en ese momento en el armario de mi casa. Al siguiente día compré un arma con Armando, el carnicero. 

Los siguientes días fueron complicados. Joel y yo estudiamos por las noches; repasamos la parábola y la hipérbole. Sacó diez en su último examen. Comíamos con la luz apagada y le contaba cuentos de ciencia ficción que nunca tuve el tiempo de escribir. Joel reía, disfrutaba esas noches en completa tranquilidad. 

Al día siguiente Elías golpeó la puerta del salón. Entró buscando a Joel. Desfundé el arma y me decidí a todo. Apunté a su frente tatuada. Mis manos temblaban. Mi corazón se detuvo por un minuto largo. Joel gritó al fondo del salón. Disparé. La bala pegó junto a la puerta, sobre una cartulina hermosa que habían hecho mis alumnos sobre la ecuación de segundo grado. Elías me disparó y caí al instante. Después entraron más personas, tomaron a Joel y se lo llevaron. El silencio hizo presencia. Los papeles corregidos con tinta azul cayeron sobre mi cuerpo sangrante, los colores se mezclaron. Nadie se levantó de su lugar. La clase terminó de golpe.

Dos días antes platicaba con Joel sobre el futuro. Le dije que siempre quise ser escritor, él me decía que quería ser músico. Le dije que la vida es más grande de lo que nosotros creemos que es, él no me entendía. 

Muchos años antes de irme al pueblo, mamá intentó convencerme de no irme. Le dije que tenía que hacerlo, que los chicos me necesitaban. Ella fingió entender mis razones y solo me besó en la frente junto a la puerta. Supongo que siempre tuvo razón. 

Cuando morí esa mañana en el salón a manos de Elías, mi nayor preocupación eran los chicos, mis alumnos. ¿Ahora cómo iban a terminar el curso? Mañana teníamos su primer exámen de funciones. No quería dejarlos solos. Dejé una guía en el escritorio, con las respuestas al reverso, como siempre. 

Antes de que terminara el curso, me aseguré de que todos sacaran nueve en la materia. Lo cual me hizo recordar a un maestro de la facultad, que decía que solo el díez era para Dios. Supongo que ahora ya podré preguntarle a Dios, cómo le hizo para sacar diez si ni siquiera se presentó a clases. 

Para todos los maestros que luchan,

fuera y dentro del salón.

Una respuesta correcta del grupo,

es una respuesta más, para seguir adelante.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Web construida con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: