La violencia y sus demonios

Dante Pinal.-

En México la violencia anda suelta, los asesinatos están al orden del día, las estadísticas marcan un promedio de 93.8 muertes y 77 feminicidios diarios. Para este grave problema sólo hay líneas discursivas del gobierno rechazando lo real, sus cifras son las válidas: “la violencia va disminuyendo” aseguran una y otra vez.

Desde el inicio del sexenio a la fecha los datos son lamentables: más de 122 mil homicidios dolosos. De nada vale la pena hacer las comparaciones con otras administraciones cuando estos números ya rebasaron considerablemente las cifras de asesinatos y feminicidios.

Cada vez son más los pueblos y ciudades en donde la población se ve amenazada por el crimen organizado. Las matanzas generalizadas a hombres, mujeres y niños van creciendo en forma desmesurada, y más que una respuesta gubernamental es una burla a miles de familias afectadas: “abrazos no balazos”.

Si la indignación es latente al ver en medios de comunicación los asesinatos y el despliegue de fuerza de la delincuencia ante el silencio de las fuerzas federales, qué se puede esperar cuando entre los muertos hay guías espirituales.

Dos jesuitas, Javier Campos y Joaquín César Mora Salazar, dedicados desde hace más de 30 años al trabajo pastoral en la Sierra Tarahumara, son asesinados por defender a un perseguido de los grupos delincuenciales. Por tratar de salvaguardar la vida de un semejante los matan y se desconoce el paradero de sus cuerpos.

Una amiga, que voy a omitir su nombre por razones obvias, colabora en la misión Tarahumara de Cerohuachi, Chihuahua, menciona que sacerdotes y religiosas se encuentran en las más completa incertidumbre, asustados e impedidos de poder levantar su voz por haber perdido a dos jesuitas intachables que dedicaron su vida apoyando a los Tarahumaras de la región.

Con profunda indignación relata que ambos sacerdotes eran hombres pacíficos y de servicio, atentos a lo que la comunidad necesitara.

Aún queda un internado y un colegio, donde las religiosas se encuentran con la zozobra de continuar con su misión sin importar que la delincuencia continúe haciendo de las suyas sin que exista una fuerza pública que los detenga.

Para el gobierno lopezobradorista estas historias no son reales, son parte de una campaña negra proveniente de grupos opositores, vociferan una y otra vez.

¿Acaso ese es el gobierno progresista donde dicen pertenecer los militantes de la 4T, en donde hasta los delincuentes tienen que ser tratados como muchachos buenos, como seres humanos?

Vaya forma de hacer justicia en este país, pero qué importa, a los políticos en el poder les preocupa en estos momentos quién va ser el sucesor del gran Tlatoani, ¿o no?

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