Verónica

Nav Melech.-

A mi hermosa Verónica:

Primero que nada, mi amor, quiero desearte el cumpleaños más hermoso del mundo. Diecisiete años no parecen mucho; sé que apenas estás mirando a la realidad directamente a los ojos y comienzas a enamorarte de ella. Todo eso yo lo sé, porque a esa edad me embaracé de tí, me enamoré y te juro que fue la mejor etapa de mi vida.

Seguramente tu abuela ya te ha contado ciertas verdades de mí, de tu padre y de las razones por las cuales hoy en día no me encuentro cerca de tí. Si ella no te ha dicho nada, quisiera aprovechar para contarte, o al menos tratar de explicarte qué fue lo que pasó.

Xavier, tu papá; era un chico tan hermoso y tan lleno de vida cuando lo conocí. Pero bueno, cuando él cumplió dieciocho años su hermano murió en un accidente de auto. Después de eso él nunca volvió a ser el mismo; comenzó a drogarse, a beber en exceso, se volvió violento conmigo, con sus padres y sus amigos, hasta que se quedó completamente solo. Yo me embaracé dos meses después del cumpleaños de tu abuela. Al enterarme de tí, corrí a decirle a Xavier, pero él nunca se preocupó, esa es la verdad. Tu abuela se enamoró de tí al instante; ella dice que te miró a través de mis ojos y quedó maravillada; me dijo que ya quería tenerte en sus brazos. Mientras crecías dentro de mí, -casi casi junto a mí, cuando éramos apenas dos niñas- terminé mi carrera en administración y apliqué a una beca con trabajo en EE.UU.

Lo que te quiero decir, amor, es que no ha sido fácil. Desde que te tuve en mis brazos por primera vez me juré que nada te iba a faltar y que me rompería la espalda todos los días y todas las noches, solo para ver tu pequeña sonrisa. Créeme que así fue mientras estudiaba y trabajaba. Y no sabes cuántas mañanas quise quedarme dormida contigo en brazos, sin ir a trabajar, sin ir a la escuela, sin preocuparme por nada, únicamente solas tú y yo. Pero no podía, mi amor, tenía que trabajar para tí, estudiar para tí, vivir para tí; nadie iba a poner comida en tu plato; tú eras y serás siempre mi única responsabilidad.

Así fue hasta que un día, cuando ya hablabas, comenzaste a decirle ‘mamá’ a tu abuela. Al comienzo nos generó risa a ambas, pero lo continuaste haciendo y eso me fue rompiendo el corazón. No sé por qué te digo esto, mi vida; seguramente porque es una cicatriz enorme en mi corazón, que no puede sanar. Puede parecer tonto, pero a mí me duele, y me duele mucho. Soñé tantas veces que me gritabas: ‘¡Mamitaaaa!’, justo cuando llegaba a casa, a las once del trabajo, cansada, hambreada; todo eso no me importaba, lo único que necesitaba era sentirte en mis brazos, tus besos, tu calor, todo tu amor.

Feliz cumpleaños, mi vida linda. Pronto volveré a casa. Y por favor, hazle caso a tu abuela.

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