Del sinsentido nacional

Leonardo Báez Fuente.-

El día de hoy, departiendo con mi grupo de trabajo y al calor de las copas le comenté una anécdota de la novatez de mi asistente a otro abogado; al terminarla me dijo que era de sentido común dar una propina a un mecanógrafo de juzgado para que llevara a cabo un trabajo derivado del juicio que llevo ahí; mis alarmas se activaron y le repuse que asumir como sentido común el sinsentido burocrático y corrupto en el que vivimos los mexicanos es un error garrafal.

Esto me tuvo pensando el resto de la tarde y es la causa del artículo que hoy tienen en sus manos, hasta dónde es posible entender al sentido común como la aceptación de toda clase de triquiñuelas, coimas, sobornos, diezmos y dádivas que los habitantes de este rancho pútrido tenemos entregar a los funcionarios gubernamentales para la buena conducción de nuestros negocios diarios y cuántos de ellos se podrían evitar  con una administración pública reducida a la mínima expresión.

Esta mínima expresión a la que me refiero consiste esencialmente en generar condiciones aptas para la infraestructura; llevar a cabo labores de seguridad, que van desde garantizar la certeza y cumplimiento de los actos entre particulares, hasta la represión (aunque les aterre la palabra) de las conductas contrarias a la vida social. La estafa piramidal de la seguridad social; el control de los hidrocarburos y la generación de energía;  el control del comercio internacional; el monopolio de la educación;  la operación de todo tipo de terminales aéreas, ferroviarias, carreteras y portuarias no son ni serán nunca labores propias de ningún gobierno y que al asumirlas son fuentes incontrolables de corrupción .

Ahora bien, y volviendo a mis recuerdos, en una misa, el sacerdote dijo en su homilía una cuestión que a la fecha me ha tenido siempre atento y ésta es: ¿Cuál es el sentido que le das a las cosas que haces o piensas? En el gobierno mexicano es muy fácil encontrar ese sentido en su actitud patrimonialista: El deseo de obtener incontrolables y oscuras ganancias a cargo de los contribuyentes, aunado a que como se ha visto esta semana, no se tiene ni la menor intención de revelar a nosotros, los mortales, el destino del dinero que el gobierno obtiene.

En primera línea de la Constitución de los Estados Unidos se plasman unas palabras que en México venerarían como entelequia para no hacerle el menor caso en la realidad: Nosotros la gente,  We the people (mismo que nuestros marxsistoides  llamarían Nosotros el Pueblo). En nuestra Constitución Venustiano Carranza conforme a diversos decretos expide una nueva constitución impuesta forzosamente a todo el país. Es decir que vivimos desde 1917 en una república burocrática en la que la ley se expide siempre en beneficio del gobierno en turno y jamás en beneficio de la gente y por ende la dictadura burocrática campea por sus fueros en este país, sin posibilidad de que podamos aplicarle una lógica de vida productiva.

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