Construir castillos en el aire

Rubén Cortés

México entró en la coalición de clientes de la milagrosa vacuna rusa contra el Covid-19, en la que están India, Corea del Norte, Brasil, Arabia Saudita, Turquía y Cuba. “Yo sería el primero en ponérmela”, adelantó el presidente mexicano.

Pero antes de hablar de vacunas contra el Covid-19, hay que saber que el desarrollo de una vacuna exige una década, y que la más rápida conseguida en este siglo es la que cura el ébola, en la cual la farmacéutica estadounidense MSD concentró cinco años de labor.

Los científicos de MSD (egresados de las universidades que el presidente mexicano desprecia porque “allí se aprenden malas mañas”), necesitaron un lustro desde el inicio de los ensayos en humanos en 2014, hasta el permiso de producción en 2019.

Así que el presidente mexicano no se pondrá nunca la vacuna rusa, porque ésta es sólo propaganda soviética reciclada y (como los soviéticos ayer y los rusos hoy) el presidente mexicano se pondrá la de los egresados de universidades que enseñan malas mañas.

Porque son científicos formados en esas universidades los únicos que están por averiguar si tienen algo tangible para pensar en una vacuna, pues se encuentran en la última fase (la tres), que es la de los ensayos con miles de personas en el mundo.

Son los que trabajan para las transnacionales AstraZeneca (junto a la Universidad de Oxford), ModernaPfizerInovioJanssenNovavaxSinovac y Cansino. Y no han logrado nada aún, ya que conseguir una vacuna lleva tiempo y paciencia.

Eso: tiempo y paciencia, dos requisitos de los cuales carecen los gobernantes populistas como Putin y los primeros clientes de su vacuna de humo. Vamos, el gobierno mexicano ya hasta anunció cómo va a comprar la vacuna.

El canciller Marcelo Ebrard aseguró que, tras una reunión sobre el convenio para el acceso a la vacuna (con Argentina y AstraZeneca) se acordó que ésta costará de tres a cuatro dólares, y que el monto lo absorberá el Estado mexicano.

Photo by Julie Viken on Pexels.com

Quiere decir que nuestro gobierno no sólo construye castillos en el aire (lo cual ya está muy mal por tratarse de una decisión Estado), sino que los habita (lo cual ya está peor por tratarse de una decisión de Estado): porque la vacuna es todavía una quimera.

Pero es un sobresaliente ejercicio de previsión en una administración que en marzo (mes de inicio de la cuarentena nacional, que continúa) le vendió a China los cubrebocas que conservaba para emergencias y tuvo que recomprárselos en abril, ya a un precio mayor.

Pura propaganda socialista: el presidente será el primero en ponerse una vacuna que no existe, y el canciller anuncia la compra de una vacuna que tampoco existe.

Y así se le llevarán.

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