Navidad con la Gestapo

Hace algunos años, allá por el 2014 escribí este texto que apela a una memoria dura y familiar. A los vientos turbios de una guerra que arrasaría Europa y dejaría marcas en quienes la padecieron y sus descendientes.

Julián Andrade 

Mientras Francia le declaraba la guerra a Alemania, mi abuela, Teresa Alonso, una adolescente, escuchaba la radio en un pequeño café de París: el “Tout va très bien” (Todo va muy bien)  situado cerca del cementerio de Père Lachaise 

Para ese momento, septiembre de 1939, las tinieblas del nazismo avanzaban incontenibles y la guerra en España estaba perdida. Franco permanecería en el poder por décadas.

Ya nada funcionaria en la vieja Europa y se entraría en un periodo difícil, que dejó huellas que aún perduran.

Tengo una idea apenas remota de los festejos navideños en el París de la ocupación. Sé, en cambio, que mi abuela celebraba en grande durante su largo exilio mexicano. 

Quienes vivieron una guerra suelen aprovechar el momento como no lo hacemos los que crecimos en la paz, aunque esta sea relativa. 

Mi abuela no aprendió español hasta México, ya que en su casa tenía prohibido hablarlo.  

Era una situación extraña, porque sus padres pertenecían a los cuadros dirigentes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). 

En realidad la estaban preparando para una noche que llegó en el invierno, con el horizonte de las navidades en las que no había muchos motivos para la alegría. Los nazis gobernaban Francia.

Tocaron a la puerta del departamento con apremio. Mi abuela sintió un miedo profundo, antiguo. Por instinto sabía que su presente y futuro dependían de cualquier gesto, de la más mínima flaqueza. 

Dos oficiales del ejército alemán la interrogaron. Un policía francés, del gobierno de Vichy, escuchaba con atención para detectar cualquier perturbación en el acento.

Mi abuela contestó lo que le pidieron en un francés perfecto. El espanto se hacía nítido mientras observaba las botas lustrosas que solo usaban los integrantes de la Gestapo. 

De aquel episodio no hay una fecha precisa, pero suelo situarlo en las cercanías de la Navidad, porque aquella noche recibimos un gran regalo que se prolonga por generaciones. 

Hace algunos años recorrí el barrio donde estaba el viejo café donde los Alonso y los Camín  escucharon el grito de una Francia que se oponía a la barbarie. 

Mi abuela creyó descubrir los restos del “Tout va très bien”, de nueva cuenta, en lo que se convirtió en una tienda de frutas y legumbres atendida por una familia persa, exiliados, también, por guerras que no tienen fin. 

Regresó a París 40 años después de su partida. Se reencontró con su hermano Pedro, que perteneció a la resistencia francesa. Si eso no es la Navidad, debe ser algo parecido.

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