Cuentos para dormir

Nav Melech.-

Érase una vez, en el diminuto espacio que ya no puedo olvidar:

Una historia dentro de otra, y otra dentro de la misma; todas y cada una jugando a aferrarse al presente, al amor, a la fantasía intermitente, a la sonrisa de un niño. Una historia como la mayoría de las historias que contamos entre conversaciones y recuerdos oscuros, algunos escondidos y otros ajenos. Este es el cuento de un padre y de su hijo.

Era de noche y el ‘huele de noche’ anunciaba su hora. Cansado de los ojos, de las piernas, de la espalda, de tantas cosas; me recosté junto a mi esposa y comencé a platicarle lo ocurrido minutos atrás, o tal vez eran meses, años, la verdad es que ya no tengo claro el paso del tiempo.

«Érase una vez, hijo mío… Un tiempo cuando los pájaros comenzaron a caminar y olvidaron que podían volar. Un viajero perdido dentro de un país muy pequeño, con tiendas aún más pequeñas, libélulas microscópicas y con pobladores minúsculos, pero con sueños enormes. Todos vestían de blanco y antes de salir de casa ponían en su pantalón, saco o camisa, un puñito de arena; parafraseando versos de Borges salían a enfrentarse al mundo. Érase una vez la historia de un viajero que se vió perdido en la pequeñez de las calles y de su propio pensamiento. No fue sino hasta que se enamoró que pudo huir de ese país y encontrarse a merced del laberinto de miles canciones; del cual tanto su abuelo le había contado…»

Giré la cabeza y noté que mi esposa dormida no prestaba atención a mis palabras, así que continué hablando directamente con el techo oscuro. Pero antes de seguir, quisiera dejar en claro que esta historia comienza y continúa como muchas otras, queriendo que mi hijo vaya a dormir sin miedo; es por eso que lo atesoro con caricias y cobijas gruesas, cuentos sin final, poemas con su hazañas, y versos que terminen con su nombre sin mencionarlo. A mi hijo antes de dormir le llevo su leche caliente junto a la cama y espero sentado frente a él, a que sus ojos se cierren y emprenda un vuelo al hermoso mundo de sus sueños.

– Mira, mi papá me contó este cuento cuando yo tenía tu edad, hijo.- «La luna no quiso levantarse un día, entonces apareció otro momento de la jornada que aún no tiene nombre. Érase una vez una tienda de gente abandonada, sola y ausente. En esa tienda no se vendía nada, pero siempre estaba llena. Abría desde las ocho de la mañana y cerraba a las diez de la noche. Al medio día todos los compradores salían a la panadería frente a la calle y regresaban con un pan dulce y un atole de arroz. Te juro que conocí esta tienda cuando terminé mi carrera en historia y no encontraba trabajo. El día que llegué a la tienda, me preguntaron la razón de mi soledad, les dije que yo no estaba solo sino todo lo contrario, les dije que estaba casado con tu madre y tú apenas habías nacido dos meses atrás. Todos en la tienda me miraron como si hubiese descubierto oro entre las montañas. El más joven de los presentes se me acercó y tomó mi maletín, lo inspeccionó y lo recargó delicadamente sobre el mostrador. El más viejo de los presentes se acercó a mí y me dijo que yo no podía estar ahí, que no tenía nada que hacer con ellos, que mi soledad además de falsa era inexistente.»

Mi hijo se acomodó sobre la almohada, tomó su leche y me dijo: -No te entiendo, papá. Mejor comienza otra vez, o léeme otra cosa.- Dió un sorbo largo y al bajar el vaso noté que se le hicieron unos bigotes de leche sobre el labio superior.

-Bueno.- Le contesté. «Érase una vez un niño que sabía montar en las nubes. Aprendió a los diez años. Sus padres temerosos de que un día no bajara le prohibieron que lo siguiera haciendo. El niño creció y olvidó su habilidad. No fue hasta sus cuarenta años que recordó lo que era él capaz de hacer. Un día sin pensarlo, se asomó a la ventana, saltó y se agarró fuertemente de la nube más cercana. Después de eso, nadie más volvió a verlo.»

– ¿Y qué le pasó?- Preguntó mi hijo.

– Lo que le pasa a mucha gente, hijo.

– No entiendo. – Contestó mi hijo mientras se acomodaba entre las cobijas.

– Anda, duerme, que mañana tenemos cosas que hacer.-

– Papá… ya no quiero ir. No me gusta.-

– Yo sé, hijo. ¿Quieres que te cuente otro?-

– ¡Sí!-

«Érase una vez un rey de un extraño reino. Extraño porque todos usaban coronas, excepto el rey. Más extraño porque no habían casas, sino que todos los pobladores dormían en los árboles, todos excepto el rey; el rey ya no dormía, él ya no sabía como, lo había olvidado por completo; en cambio por las noches caminaba por las calles buscando a su hijo, su pequeño príncipe. Una noche mientras buscaba, imaginó escuchar la risa de su hijo, así que corrió hasta perderse.»

– ¿Y lo encontró? – Preguntó mi hijo después de un largo bostezo.

– No.-

– ¿Qué le pasó?-

– Lo que le pasa a mucha gente, hijo.-

– …Otro, papá.-

«Érase una vez un vaquero en forma de niño. Era el más valiente de todo el mundo. Todo el mundo lo respetaba y querían ser como él. Un día el vaquero se enfrentó a un mamut enorme…»

– Los vaqueros no pelean con mamuts, papá.-

«…Te lo juro. Era un mamut enorme, el más grande que haya existido antes. Todos tenían miedo excepto el vaquero. Peleó con todas sus fuerzas y logró vencerlo. Todos los pobladores lo alabaron y vitorearon su nombre por siglos y siglos.»

– ¿Y no tenía miedo?- Preguntó mi hijo.

– No, corazón. Él era tan valiente como tú.-

– Yo no soy valiente.-

– Claro que sí. ¿Por qué lo dices?-

– Pues, no sé. El hospital me da miedo.-

– ¡Ah! Claro, a mí también. Pero tú eres más valiente que yo, que tu mamá, que cualquier otra persona.-

– …Otro, papá.- Exclamó mi hijo, ya con sus ojos cerrados.

«Érase una vez… un niño hermoso que jugaba entre los campos. No conocía el miedo, ni las enfermedades. Él conocía a todos los animales de su pradera, y ellos a él. Corría de lado a lado y sus cabellos hermosos acariciaban el tiempo y el viento. Lo ví correr y quise seguirlo. En ocasiones no lo alcanzaba, porque él era más rápido que yo. Quise ser valiente como él, pero él era el más valiente de todo el mundo. Quise tenerlo conmigo siempre, pero él…»

– Y ya, después se quedó dormido.- Le dije a mi esposa que lloraba del otro lado de la cama.

– Ya duermete.- Contestó mi esposa.

– ¿A qué hora es mañana?-

– 9:45, es la cita con el oncólogo.

– Está bien.-

Me levanté para ver si mi hijo dormía bien. Lo ví acostado plácidamente. Me acosté junto a él para acariciar su cabeza casi desnuda, con pocos cabellos a causa de la quimioterapia. Lo abracé con mucho miedo, porque no sabía que iba a pasar mañana. Sostuvo mi mano y me dijo: -Cuéntame otro cuento, papito.-

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