De recuerdos de tierras ignotas

Leonardo Báez Fuente.-

En mi anterior artículo comentaba respecto del crecimiento demencial de la mancha urbana en el Valle de México y aunque fui regañado por anecdótico, estimo que vale la pena narrar los recuerdos de un inmigrante español que llegó a la Ciudad de México en 1939 (Sí, llegó con los exiliados españoles sin deberla ni temerla) iniciando su adolescencia en las calles de esta ciudad y con su muy larga memoria me contó los límites metropolitanos que conoció. Ese muchacho fue mi padre.

Mi viejo me contó que al llegar a la ciudad, la familia se instaló primero en el pueblo de Portales (Sí les suenan conocidas las ubicaciones es que aún existen ya como barrios o colonias), mismo que lo separaba de la ciudad el Cuartel General de la Caballería del Ejército ubicado en la Hacienda de Narvarte y al poniente de ésta, se encontraban los campos deportivos que bordeaban una ribera del Río de la Piedad,  y ranchos lecheros, mientras que en la otra se encontraba el Panteón Francés de la Piedad, junto a los cuales corría la Calzada de la Piedad que venía a ser la prolongación de Bucareli.

El Centro de la ciudad ya se encontraba delimitado por las colonias Juárez, Doctores, Tabacalera, Guerrero, La Merced (misma que terminaba en la Garita de San Lázaro y la temible Candelaria de los Patos), y hacia el norte se encontraban los antiguos pueblos de Nonoalco y Tlaltelolco. Más allá aparecían las colonias que bordeaban al Río del Consulado y pasando el río las zonas industriales que limitaban con el pueblo de la Villa de Guadalupe Hidalgo y la carretera a Pachuca con los ya añosos y patinados Indios Verdes.

Más allá de Tacubaya (que era pueblo) se encontraba la subida al Pueblo de Santa Fe, así como los pueblos de Azcapotzalco, Tacuba, Popotla,  y el Rancho de Polanco en los alrededores del Bosque de Chapultepec. En el extrarradio del mismo ya se habían desarrollado las Lomas como fraccionamiento de lujo y sólo quedaba la carretera a Toluca que pasaba por los tiraderos de basura antes de llegar a los pueblos de Cuajimalpa y Contadero.

Mixcoac, Molino de Rosas, Coyoacán, San Ángel y su árido pedregal, San Jerónimo, Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac, Iztapalapa, Iztacalco y demás lugares eran pueblos ignotos que vivían de la agricultura y viajar a ellos implicaba una excursión de muchas horas por no haber transportes. Lo demás se dividía en tierras de cultivo, milpas y llanos polvorientos. El aeropuerto estaba en los llanos de Balbuena y los ferrocarriles aún eran el medio de transporte principal.

Mi padre recorrió la ciudad en esos años, lo cual le dio un magnifico sentido de orientación.  Sin embargo a mí me aterra  considerar que en un periodo de menos de ochenta años todo eso desapareció en aras de dar cabida a todo tipo de invasores y despojadores para hacer una ciudad caótica y que sus votos preservaran la hegemonía de la mentalidad priista que aún nos ahorca.

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