Las cuatro décadas de Lozoya

Julián Andrade.-

Emilio Lozoya podría pasar casi cuatro décadas en prisión. Es lo que la Fiscalía General de la República (FGR) solicita por los delitos que se le imputan en torno a los sobornos que recibió de la empresa Odebrecht para que facilitara contratos de obra pública en Pemex.

Es un tiempo largo, tanto así que caben seis sexenios en ese lapso. Toda una vida. Un castigo severo, sin duda, del que seguramente sus defensores lograran reducciones y matices.

La madre del inculpado, Gilda Austin, podría recibir una codena de 21 años de cárcel por delitos asociados a la causa que se sigue al ex director de Pemex y entre ellos el lavado de dinero.

Al parecer Lozoya ya cayó de la gracia de los fiscales porque no aportó dato alguno que fuera relevante para proceder contra personajes de mayor rango.

Mintió para intentar obtener beneficios, y entre ellos no pisar la prisión, pero lo único que sí quedó claro resultó su participación en hechos ilegales y reprobables.

Confesó para intentar salvarse, pero no tenía consigo las pruebas suficientes para que se procediera contra otros, con la excepción del ex senador José Luis Lavalle y de Ricardo Anaya. En ambos casos las acusaciones son más que dudosas, pero es con lo que la FGR decidió proceder, y a uno lo tiene en la cárcel y al otro muy lejos, tanto así que no podría aspirar a contender por la presidencia de la República sin el riego de ser capturado.

Pero Lozoya es un personaje más que relevante en el mecanismo corrupto que implementó Odebrecht y que utilizó en diversos países, poniendo contra las cuerdas a políticos de los más diversos perfiles.

En teoría el esquema funcionaría, porque los dividendos para los involucrados propiciaban la lealtad y el silencio. El problema fue que Marcelo Odebrecht se quebró, soltado la sopa y desatando un efecto dominó que todavía no concluye.

Foto de Ron Lach en Pexels.com

Es paradójico el asunto de Lozoya. No hay que olvidar que las investigaciones en su contra iniciaron desde el sexenio pasado y por denuncias específicas del órgano de control interno de Petróleos Mexicanos.

Su procesamiento habría sido un éxito y una muestra del abatimiento de la impunidad, pero sus captores decidieron elevar las expectativas y presentarlo como la llave que abriría la cueva de los ladrones. No fue así, por eso el sabor es agridulce para los fiscales, por eso quizá piden tantos años contra el que, por algunos meses, resultó su testigo estrella.

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