El maoísta de la cocaína

Julián Andrade.-

Una década les tomó a las autoridades colombianas detener a Darío Antonio Úsuga “Otoniel” el líder del Clan del Golfo y uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia, al que puede comparársele con Pablo Escobar Gaviria.

Un esfuerzo que muestra la eficacia de la institucionalización de los cuerpos de seguridad, donde su trabajo técnico no está sujeto a los vaivenes de la política.

Si algo tienen claro en Colombia, es que a los bandidos hay que combatirlos, desarticulando sus redes de apoyo y capturándolos para llevarlos a juicio.

El 15 de octubre, en un cuartel de Bogotá, se planearon los detalles de lo que se llamaría operación Osiris, la que se desprendió de un intenso trabajo de inteligencia en el que colaboró la Policía Nacional de Colombia, la Fiscalía de la Nación, el Ejército y la Fuerza Aérea con la DEA y con dependencias policiales de Gran Bretaña.

Alrededor de 500 elementos de las diversas corporaciones, desplegaron una operación por tierra y aires que llevó a la captura de Otoniel en Necolí, al noreste del país.

El anuncio de la captura.

Para nada resultó sencillo, porque Otoniel utilizaba ocho anillos de seguridad y diversos procedimientos para asegurar sus escapes. Inclusive llegó a utilizar perros adiestrados para vigilancia y alerta.

La carrera delictiva de Otoniel se inscribe en los pliegues del propio conflicto interno. A los 16 años ingresó al Ejército Popular de Liberación (ELN), una guerrilla de corte maoísta, para luego pasar a la FARC y después unirse a los grupos de Autodefensa. De extremo a extremo en un panorama en el que se mezclan las ideologías con la alta criminalidad.

Su paso por el ELN y las FARC le permitió conocer la importancia del arraigo local, del trabajo en el territorio para lograr adhesiones. Como el maoísta que siempre fue, se apoyó en las propias contradicciones de los grupos locales para cooptarlos o desplazarlos.

Otoniel es un representante bastante nítido de los sicarios que entraron en el negocio de la violencia, por los más diversos motivos, pero que nunca abandonaron al traqueteo y más bien se beneficiaron de un conflicto que su cuenta por décadas. 

Su paso por las guerrillas no es casual, es natural al desarrollo de las propias organizaciones en Colombia, las que pasaron de la reivindicación de las causas sociales a la producción, trasiego y venta de drogas. Como las FARC, que antes de ser desmovilizadas eran ya uno de los grupos de narcotraficantes más activos.

Por eso la cronología en la que se desenvolvió Otoniel está cargada de contradicciones, pero con una línea permanente: el control de los mercados ilegales. 

Si bien, el negocio central de Otoniel y el Clan de Golfo es la cocaína, extendieron sus actividades a la extorsión y al secuestro.  Otra de las peculiaridades de su organización es el reclutamiento de menores de edad para tareas delictivas.

En los últimos años se iniciaron 120 indagatorias y algunas de ellas son por delitos de lesa humanidad, cometidos en su paso por las fuerzas de autodefensa. En Estados Unidos lo reclamen por el tráfico de cocaína, por lo que será interesante el forcejeo para determinar dónde será juzgado.

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