¿Y las Maruchan?

Dante Pinal.-

¿Quién no en tiempos de austeridad, necesidad o porque saben sabrosas, ha comido una sopa instantánea? Al margen de su sabor característico, el tema es el costo que representa una mínima porción que oscila entre los 12 o 15 pesos por paquetito.

Fuera de que contengan o no, valores nutricionales, una sopa instantánea significa una comida a miles de mexicanos. Este producto tiene varios años de haber salido al mercado, quizá su sabor y nivel nutricional era el aceptado para las autoridades de salud en esos momentos.

Poco a poco varias marcas inundaron el mercado mexicano y se comercializan no sólo en tiendas departamentales, ahora en cualquier tienda, esquina, o tianguis, este tipo de sopas es recurrido como el alimento único en todo el día para cientos o miles de personas.

El anuncio hecho por la PROFECO de retirar 9 marcas diferentes, provocaron compras de pánico en tiendas departamentales y mercados. ¿Usted cree que esas 129 mil 937 unidades no serán vendidas en el mercado negro a un precio más bajo?

Antes del anuncio, en México se comercializaban 33 marcas de sopas instantáneas, las que se promocionan que saben a pollo, pero no contienen pollo, o con otros saborizantes a camarón y no tiene camarón, pero quienes consumen este producto ya lo saben, de lo contrario se hubiera dejado de comercializar desde hace años.

Igual es el caso del refresco, un buen amigo, coahuilense por cierto, me comentó que en la zona carbonífera, donde se extrae el carbón, los mineros prefieren comprar una coca a un litro de agua, por la sencilla razón que el refresco es más barato que la propia agua embotellada.

Este texto no pretende defender a las sopas instantáneas, al contrario, simplemente es reflexionar que oscuros argumentos bajo la bandera nutricionales tiene el gobierno para eliminar este tipo de alimentos con infinidad de conservadores y químicos que incluso el propio consumidor desconoce.

En el mercado existen otro tipo de alimentos procesados que pueden ser falsos en su contenido y la PROFECO evita voltear a esos productos.

¿O acaso usted, estimado lector, va a dejar de comer una quesadilla de huitlacoche, cuando en la capital sabemos que la quesadilla es de queso?

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