Le Carré: narrador de laberintos

Julián Andrade.-

El frío y los espías. El muro que dividía Berlín y que era el escenario de una guerra continua, de pequeñas victorias y de derrotas que podían marcar a generaciones entras.  

John Le Carré (David John Moore Cornwell) conocía de esos laberintos y sabía que de ellos no existía salida y que la meta era una especie de quimera imposible de alcanzar. Todo era un juego, rudo y con consecuencias terribles, pero un juego al fin.

Por eso sus personajes estaban atormentados, conocían a sus enemigos como ni a ellos mismos y  que ello solía tener consecuencias. Es el caso de Smiley, fracasado en su vida personal y de una inteligencia notable, marxista riguroso, como solo pueden serlo quienes creen que en esa maquinaria conceptual se esconde una arma tan poderosa como letal.

La traición y la delación como método, como esquema para develar lo escondido, para utilizarlo en el provecho de proyectos en teoría superiores, aunque después de la batalla nadie tenga una idea muy clara de la materia del triunfo y sí, en cambio, del fuego de lo derrota.

Le Carré tenía la experiencia para saber que la división de buenos y malos, de blanco y de negro no es sino una falacia, pero un error en que muchos pueden empeñar sus vida completa.

Así es el mundo de los espías, el enorme tablero en el que en teoría se deciden los intereses y la suerte del planeta entero, pero en el que se desarrollan escaramuzas de índole personal y de intereses nada presentables.  

Es el dinero que se podía mover en el Berlín dividido y son los recursos que viajan de Londres a Panamá para borrar su origen en dividendos ilegales y en empresas de papel.

Le Carré, quien de joven trabajo en el Foreign Office,

siempre se interesó por su entorno. De ahí que sus historias puedan recorrer, con la puntualidad que solo tiene la literatura, el mudo convulso y sus momentos: La URSS, pero también Israel y Palestina.

John Le Carré. Foto: Embajada de Alemania en Londres

Solía decir que “un buen escritor no es experto en nada salvo en sí mismo. Y sobre ese tema, si es listo, cierra la boca”, aunque por fortuna él no siguió su propio consejo.

Le Carré deja una obra amplia, pero habría bastado con “El espía que surgió del Frío”, “La Gente de Smiley”, “La chica del tambor” y “Volar en círculos”,  para marcar una etapa de la literatura y para afianzar un género que suele escabullirse por su complejidad.

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