Chespirtito: La eficacia del guión*

Roberto Gómez Bolaños es un personaje clave en la historia de la televisión mexicana. A los pocos día, después de su fallecimiento el 28 de noviembre de 2014, escribí este texto, que ahora, por el debate público que hay respecto a Chespirito, me parece oportuno

Julián Andrade

En El Tamaño del Elefante, Juan Luis Cebrián señalaba que no hay que pelearse con el éxito en temas de comunicación y más bien hay que ocuparse de entenderlos para poder replicarlos.

Si hay programas que cautivan a audiencias distintas o inclusive disímbolas, hay que estudiar su manufactura y mecanismos de impacto.

Lo masivo no es en esencia malo, ni mucho menos, de ahí que haya que hacer un análisis de cada caso.  

La muerte de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” es una oportunidad para valorar a uno de los mejores escritores de televisión en décadas y a un verdadero ícono en todo el continente americano.

Con frecuencia se pierde de vista que una de las claves de los programas televisivos que perduran radica en la calidad de los escritores.

A Gómez Bolaños hay que inscribirlo en un grupo selecto, que trasciende, porque hizo las cosas bien y no se limitó ni intentó seducir con baraturas al público. 

Contrasta, por supuesto, con esa franja que se ocupa de la comedia y que es penosa, por su hechura y su lenguaje.

Chespirito, por el contrario, tenía un humor fino y elaborado, por lo que se volvió accesible.

De ahí que lejos de los estereotipos a los que algunos lo quisieran condenar, “Chespirito” era un hombre culto y lector insaciable que supo interpretar y traducir la realidad mexicana en su personajes.

El Chavo del Ocho y el Chapulín Colorado son referentes de varias generaciones y siguen cautivando a los públicos más diversos.

Los son, porque se inscribieron en una realidad cambiante, con familias rotas y penurias económicas. La vecindad como referente de aspiraciones y frustraciones.

Madres solteras o divorciadas, aristócratas venidos a menos, huérfanos y profesores dieron pistas de un mundo con el que millones de personas y de niños se identificaban.

Pero además eso se hacía no con una pretensión didáctica sino como un ejercicio de diversión, una oportunidad para demostrar que la comedia puede servir para hacer la vida mejor, aunque sea por un momento.

Su objetivo era seducir a un público amplio, no a una élite intelectual.

Era comedia para televisión y punto. Ni más ni menos y acotada a su propio espacio.

Este logro se debe, en gran medida, al oficio que  “Chespirito” ejerció como guionista a lo largo de décadas.

Por ello pocos se pueden comparar con él en su género, y su legado tendrá que ser valorado en el mundo de la televisión y fuera de ella.

Publicado en La Razón el 1 de diciembre de 2014.

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