Las antorchas y los murciélagos del cura Hidalgo

Julián Andrade

Ahora ya está restaurado, pero todavía a mediados de los años noventa del siglo pasado, el calabozo donde pasó sus últimos días el cura Miguel Hidalgo y Costilla era un agujero tétrico en el que vivían algunos murciélagos.

Cuando lo recluyeron en abril de 1811, el lugar fungía como hospital militar y había sido un convento jesuita en la ciudad de Chihuahua. Hidalgo fue despojado de sus fueros sacerdotales y condenado a morir el 29 de junio de ese mismo año.

Tiempo después, en 1910, y ya bajo el gobierno de Porfirio Díaz en el predio se edificó el Palacio Federal, que tenía como propósito central el albergar dependencias del gobierno de la República.

Una parte del edificio fue, durante años y hasta finales de 1993, la cede de la Procuraduría General de la República (PGR).

Como una ironía, o un desplante de mal gusto, se había colocado una jaula en uno los salones más amplios y dentro de la pieza, una escalinata coronada por un escusado. El motivo de semejante obra, era facilitar la tortura del “pocito” que se aplicaba a los detenidos por delitos contra la salud.

Cientos de individuos soportaron la inmersión en aguas putrefactas y seguro se adhirieron a historias, proporcionadas por diligentes policías judiciales, que los condujeron a años de prisión sin la certeza de su culpabilidad.

Por esas salas de tortura habían pasado maestros célebres, como Elías Ramírez, comandante de la policía judicial federal que se compró un rancho, Las Pampas, en el que inclusive llegó a vacacionar, en su momento, el ex presidente de Estados Unidos, Lyndon B Johnson.

En las oficinas de la PGR, junto al enrejado, digno de un zoológico, había un pequeño cuarto en el que se guardaba la droga asegurada, por lo que siempre había un olor a mariguana humedecida por fugas de aguas tan viejas como la propia edificación.

Siempre me pareció una paradoja que la celda de Hidalgo estuviera tan solo a unos metros del lugar en que la tortura era normal y cotidiana, en un tiempo en que no se investigaba porque las confesiones se conseguían de modo “espontáneo” sin presencia de abogado alguno. 

Celda en el museo. Casa Chihuahua

Todo esto me vino a la memoria por la idea del presidente Andrés Manuel López Obrador de realizar un desfile de antorchas, para conmemorar la Independencia y para alumbrar de esperanza, así lo plantea, a un país sumergido en una crisis tan profunda que tomará años remontar.

A Hidalgo, no cabe duda, lo persigue una suerte de nube tétrica, de martirio y de abnegación ante una historia que le pasó por encima sin que tuviera mucha conciencia de ello.

Se alzó en armas para defender a Fernando VII de los liberales franceses y terminó como baluarte de una gesta que concluyó una década después.

Su calabozo, en Chihuahua, es también el reflejo de una trayectoria no muy bien comprendida y de un proceso que no se acaba de digerir con integridad, porque la historia no es un alimento sencillo, se requiere de ganas y de estomago.

Como sea, el grito de Independencia se ve muy lejano desde su encierro, donde quizá aquilató aquello que dijo ante el tribunal eclesiástico: “Perdonadme insurgentes, por la infamia enorme de haberos seducido”.

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