Arnaldo Córdova, el reformista

Hace seis años murió uno de los intelectuales mexicanos más sofisticados e inteligentes. Un hombre de izquierda y comprometido con sus causas. En esos días escribí lo siguiente:

Para Lorenzo, con afecto.

Julián Andrade.-

La primera vez que vi en acción a Arnaldo Córdova fue en una cena en casa del doctor Jorge Carpizo, entonces secretario de Gobernación. Era septiembre de 1994 y el país atravesaba por un momento político complicado, debido a los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y de José Francisco Ruiz Massieu.

El secretario había invitado al presidente Carlos Salinas  y a una decena de intelectuales. Alguien me dijo que me fijara en el comportamiento de cada uno de los comensales. “Ante el poder todos nos desnudamos, de alguna forma”.

Esa noche aprendí que se puede disentir sin renunciar al diálogo y que la coherencia es una forma de vida.

El doctor Córdova había apoyado a Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones de agosto, en las que resultó triunfador Ernesto Zedillo.

Si bien no existían cuestionamiento sobre el resultado de la jornada electoral, si habían dudas alrededor de la equidad y de las condiciones de competencia.

Córdova hizo una puntual defensa de lo que pensaba. El presidente lo escuchó con atención, porque sin duda lo respetaba.

Así era el doctor Córdova, una maquinaria de pensar que utilizaba una lógica lapidaria, como de hachazos, en la que no permitía la improvisación.

Esa predisposición por el rigor, producto de su doctorado en ciencias políticas y en derecho,  pero también de su capacidad política, es la que permitió dos obras fundamentales: “La construcción del poder político en México” y “La ideología de la Revolución Mexicana”.

Córdova comprendió, como pocos, el fenómeno de masas que significó el cardenismo y sus raíces profundas en la sociedad.

Hoy que impera la improvisación, que los debates han perdido su profundidad, experiencias y obras como las de Córdova adquieren una relevancia todavía mayor.

Por ello es sin duda uno de nuestros intelectuales más importantes y con una gran trayectoria.

Hasta el final de sus días defendió con convicción sus ideas e insistió en que la izquierda debería mejorar para tener una oportunidad en el futuro y para ser una verdadera opción de poder.

Era, en el mejor sentido de la palabra, un reformista y lo fue desde un momento en que ello podía significar enfrentarse a los grandes aparatos partidarios, reacios a aceptar una ruta que no fuera la impuesta por las burocracias.

En abril de 2014 escribió: “Ningún gobierno puede existir si no es a base de reformas. Todo Estado, para consolidarse y desarrollar sus funciones requiere de reformas constantes o periódicas desde el instante mismo en que es instaurado”.

Le tocó, al final de su vida, el presenciar uno de los mementos de cambio más intensos de la historia reciente.

Es  interesante que una de sus aspiraciones más importantes, el hacer de la política una herramienta de cambio, haya funcionado.

La muerte de Córdova resume, también, a toda una corriente intelectual, que apostó por la formación y por la construcción de propuestas, negándose a ver el mundo en blanco y negro.

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