Del terror por omisión

Leonardo Báez Fuente.-

En 1976 vimos lo inimaginable: Gregorio Cárdenas, un homicida serial de mujeres (feminicida para las buenas conciencias actuales) era recibido con aplausos en el pleno  la Cámara de Diputados como un ejemplo de “rehabilitación social”. Esta execrable acción de unos diputados sometidos a las imbecilidades del echeverriato nos da pie a referir que desde ese momento, la criminalidad empezó su ascenso social y su dominio sobre el país.

Mucho he narrado en estos artículos el génesis de la criminalidad mexicana contemporánea. He relatado su origen y la pésima respuesta que desde 1970 se le ha dado a esta plaga que asola al país y todo ello nace del supersticioso temor que los políticos le tienen a una palabra en particular: Represión.

Se puede definir a la Represión como la pretensión de impedir un comportamiento, o de castigarlo una vez producido. La represión, es una función que tiene el Estado con el fin de asegurar la paz social frente a conductas antisociales constitutivas de delitos.

Sin embargo y desde los años ochenta, esta palabra se volvió tabú en el discurso político, en razón de que sonaba horrenda a los sensibles oídos de la izquierda latinoamericana que había sido represaliada por las dictaduras militares de la década anterior por su participación en atentados, robos, secuestros, asonadas y terrorismo, mismo que fue respondido con la brutalidad proporcional al caso. Eso sí, nunca fue considerada como tal cuando era aplicada por las dictaduras cubana y nicaragüense en contra de las diversas  disidencias.

En los ochenta se decide desde el gobierno no reaccionar en contra de la delincuencia en México, lo que venía sostenido por la protección gubernamental a la misma que se estableció desde el populismo de la Docena Trágica. Un primer indicio que algo venía mal fue la restricción absoluta y arbitraria para la ciudadanía para poseer y portar armas para su defensa, penando severamente a los ciudadanos pacíficos que anduvieran armados y dando pie a la existencia del inmenso mercado negro de armas que a la fecha es incontrolable y que surte hasta de armamento militar a las bandas de la delincuencia organizada.

Otro dato importante para considerar fue la desastrosa Reforma penitenciaria que desde los años setenta destruyó a las cárceles y penitenciarías nacionales en aras de supuestamente reformar a los delincuentes internos en ellas, lo que generó el autogobierno de las mismas por parte de los mismos criminales y que ahora sean las sedes de muchas de las organizaciones que actúan desde adentro de los penales.

Lo que me queda claro es que dadas las actuales circunstancias que nos aquejan, se debe olvidar el terror a reprimir a la delincuencia, cosa que no va a suceder con este gobierno de delincuentes y porros universitarios. Ya es tiempo de dejar de considerar que la represión no es opción: los delincuentes la aplican sin temor alguno y todos vivimos en la zozobra de la inacción frente a ella. La era del terror por omisión.

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