Nav Melech.-
Para José Manuel.
Antes de levantarme de la cama me dije: “No sería lo peor del mundo si comenzara a olvidar su olor.” No sé por qué esta vez me hizo tan bien decírmelo. En otras ocasiones que lo he llegado a pensar, siquiera el acto de analizarlo en mi mente me hace sentirme como la peor hija del mundo, y desde entonces borro todo rastro de aquella idea y paso inmediatamente a otra cosa; de cierta manera, pienso equivocadamente que alguien revisa todos mis pensamientos al final del día; y ahí ésta supuesta persona encuentra presuntas “traiciones” hacia el amor que le tengo a mi padre; y muy cobardemente le avisa a él y a todos mis queridos; lo cual provoca que todos mis cercanos comienzan a hacer lo mismo conmigo, y caiga en la prisión de sus malos pensamientos. Realmente es un temor absurdo, pero díganme ustedes, qué miedo no lo es.
Una vez frente al espejo volví a decirme: “Tranquila, no pasa nada si comienzas a olvidar su olor.” Sonreí un poco, intentando forzar un sentimiento de tranquilidad; la familiaridad del acto me hizo pensar en mi querida amiga, Paloma, y de todas las veces que le susurraba secretos al oído, ella sonreía para hacerme sentir bien, o al menos para aligerar la carga de mis inseguridades.
Logré tranquilizarme solo por un par de segundos. Me mantuve extrañada y un poco molesta con mi acción; pero, poco a poco una parte profunda de mí corazón por fin descansaba. Pude arreglarme sin tener mil pensamientos sobre mi cabeza. Los colores de mi vestido hicieron sentido con mi respiración, y el reflejo de mis ojos mostraba un descanso absoluto. Me distrajo el aroma del café de Fernando. La dulce cafeína se traspasaba bruscamente a través de las paredes de la casa. No quise interrumpir el momento de mi descubrimiento, ya que me recordó a los primeros meses que Fernando y yo comenzamos a vivir juntos. Pocos saben esto, pero la presencia de Fernando puede hacerse notar siempre con sus libros regados en cada esquina de la casa, sus cigarros sin terminar junto alguna ventana, risas incontroladas de él o alguno de sus amigos, y siempre, un olor profundo a café recién hecho. Entré a la cocina para encontrarlo leyendo junto a la cafetera, completamente alejado de la realidad, como él siempre acostumbra. Pocas veces lo podemos encontrar concentrado en algún tema, pero cuando lo hace no lo suelta en ningún momento, hasta que lo ve concluído o resuelto. – No te terminaste el cigarro, amor.- Le dije antes de besar su mejilla izquierda. – Déjalo, corazón. – Contestó sin prestarme atención.
Salimos tarde de casa. Fernando manejaba incómodo, sus ojos iban perdidos en el horizonte y su mente deambulaba libremente en otro mundo distante. -“¿Y si olvido algún día como huele Fernando?”.- Pensé con mi mirada plantada sobre su barbilla. También es posible. Nada en esta vida está asegurado, en especial si algún día llegara a olvidar el olor de mi padre, no hay duda de que olvide también el de Fernando, o el de alguien más en un futuro distante. No hay nada de qué temer. Todo puede ocurrir.
Una vez en la oficina lo primero que hice fue hablarle a mi padre. Ningún pendiente fue una prioridad mayor a que escuchará después de mucho tiempo la voz alegre de mi papá. Fueron tres llamadas, las dos primeras cayeron directamente en el buzón de voz, la tercera fue recibida con un hermoso saludo de mi papá. Al comienzo sentí su fascinante alegría, pero al poco tiempo fui percibiendo su voz cansada, lo escuché un poco incómodo y distraído; bastante inusual en él, ya que acostumbra a estar en todo momento alerta y con la mejor disposición de platicar de cualquier cosa que tenga en mi mente. Esta ocasión lo sentí perdido, sin ganas de conversar, como acostado, molesto y sin querer mirar al cielo azul. No le comenté nada de esto para no llamar su atención, y que así él tuviese que cambiar su forma de actuar en el momento. Me gusta que mi padre sea así conmigo. No me refiero a que sea silencioso o incómodo, sino que me agrada que sea como tal y como él es, sin fingir o tratar de quedar bien con alguien; me gusta que no disfrace su tristeza o su felicidad con sonrisas o lágrimas.
Yo nunca he podido recrear esa forma de ser como él; Fernando dice que no soy de fácil lectura y que en ocasiones es complicado visualizar lo que realmente pasa conmigo. Todo lo contrario a mi padre, él es un libro abierto, un mapa hermoso con indicaciones y simbolismos; es fácil leerlo, pero es más fácil amarlo y apreciarlo. Sé que Fernando me ama a su manera, de eso no tengo ninguna duda, pero últimamente he sentido una necesidad de ser amada de la misma manera en la que yo amo, y sé que eso nunca va a suceder con nadie que no sea yo misma. Es difícil amarme como yo amo, pero créanme que lo intento todos los días.
Le conté de esto a papá por teléfono, de inmediato y sin dudarlo comenzó a prestarme toda su atención; de la misma manera que cuando le leía un cuento escrito en la primaria y soltaba todo lo que estuviese haciendo para mirarme detenidamente; me sentí como una niña de nuevo, ante su enorme silencio y su máxima atención. Sentí su olor de repente, recordé sus manos suaves con ampollas sobre los índices; pero sobre todo me encontré de nuevo con sus ojos negros, grandes como los eclipses, extensos como el mar. Al instante volví a sentirme mal por pensar que algún día podría olvidar su olor; tenía la urgencia de disculparme con él, pero al mismo tiempo una parte de mí me detenía a negar un proceso que me ha costado tantos años afrontar. No pude más y me confesé con él; de una u otra manera traté de darle a entender que no estaba lista para cuando él ya no estuviese en este mundo; dijo que no tenía por qué llorar por aquel pensamiento. Él había pensado lo mismo de su padre, de sus hermanas, de las mías y en su momento de mí. Ambos lloramos por siete minutos. Ninguno se atrevió a interrumpir el llanto del otro; en esencia fue hermoso, pero no es nada nuevo, es algo que hacemos cada dos semanas para aliviar el alma.
Varios años después de esa conversación con mi papá, antes de dormir la almohada me susurró: «No sería lo peor del mundo, si comenzaras a olvidar su olor. Pero sus ojos, su sonrisa, y ese corazón que te entregó al nacer; esas cosas, mi niña, quiero que nunca salgan de tu mente. Pase lo que pase.” Y sin quererlo, súbitamente, como un golpe en la boca del estómago, controlando con todas mis fuerzas el mar de lágrimas, mi voz dijo:
-Papito, lindo. Cuánto te extraño.-
Deja un comentario