De la huida y las naranjas

Leonardo Báez Fuente.-

El 25 de enero de 1939, en los movimientos finales de la Guerra Civil Española, las tropas franquistas entraron en Barcelona. Desde días anteriores había comenzado el éxodo con tintes de huida de los republicanos hacia la frontera francesa;  todos ellos huían de las seguras represalias que tomarían los nacionales en su contra y formaban larguísimas filas por las carreteras bombardeadas y los cadáveres que se apilaban en las cunetas.

Una de esas familias fue sacada de Barcelona por el tío Pedro. En el camino los alcanzó su hermano Manuel y subidos a ratos en los camiones que habían requisado para la huida y a ratos a pie entre el hambre, el llanto de los niños y la llovizna helada, lograron llegar a la frontera. Ante las objeciones del aduanero, el tío Pedro amenazó con volar la garita con una granada sí no los dejaban pasar, eso convenció al funcionario y entraron a Francia iniciando el exilio.

Llegando a Francia los separan: el Tío Pedro y Manuel a los campos de concentración de Argeles- sur- Mer, los niños mayores a granjas al norte y las mujeres y niños chicos a un campo adaptado en un gimnasio. En Argeles los hombres morían de hambre por montones, vigilados por soldados coloniales senegaleses. El destino se presentaba atroz en el mejor de los casos: los tambores resonaban advirtiendo una guerra mayor muy pronto.

Ahí les llegó un rayo de esperanza: México estaba dispuesto a recibir a los refugiados, siempre y cuando expusieran a qué venían, cuánto dinero traían y para qué querían venir. Se había fletado ya un buque para trasladarlos: El Mexique.

Manuel entendió que el futuro pintaba mal y por ello escribió al gobierno mexicano; fue aceptado y logró en un esfuerzo titánico reunir a su mujer y a sus tres hijos en Burdeos para abordar el barco, que teniendo espacio para 800 pasajeros  llevaba 2.200 refugiados. Partiría de Francia el 13 de julio de 1939 y llegaría dos semanas después al puerto de Veracruz.

Fondearon en Sacrificios el día 26 de julio de 1939. El agua potable se había terminado y no los dejaban atracar. Los jarochos llegaron en pangas y lanchones a los costados del barco y les regalaron a los españoles  naranjas de piel verde para abatir la sed y que ellos no querían comerlas, creyendo que no estaban maduras, hasta que uno se animó a abrirlas y vieron que eran dulces.

Al día siguiente el barco amarró en el muelle de Veracruz, y ahí empezó de nuevo la vida de todos ellos en un país extraño que, sin privilegiarlos (los intelectuales y políticos habían llegado antes y se daban la gran vida con los expolios que realizaron a los bancos y cajas de seguridad), les permitió vivir y ser.

Manuel, su esposa María, sus hijos Enriqueta, José y Manuel se quedaron aquí y con el tiempo crecieron y dieron origen a sus propias familias. Por cierto, José fue mi padre y él me contó todo esto.

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