El Movimiento

Nav Melech.-

Año de 1983, Ciudad Universitaria, Distrito Federal, México. 

Frente a mí: jóvenes con sus hermosos ojos blancos. Me miran alumbrados por mis palabras, mi barba cortada por la mitad, mi camisa carmesí, mis libros en la mano izquierda y mi baile dialéctico que les enamora su alma juvenil. 

Quiero que sus ojos se pierdan en mis palabras. Busco encender esa llama dentro de sus almas; prepararlos para la lucha de la conciencia estudiantil. Forjar humanos capaces de doblar con palabras las injusticias de nuestro país. Mi meta es enamorarlos de la causa, que cubran sus ojos y dejen la apatía atrás.

A lo lejos, en la última fila veo miradas inseguras. Decidí cuestionarlos. Todos voltearon a verlos; como partisanos que quieren quemar a los herejes en comunidad. Me contestaron cuestionando mis palabras, las ideas que yo había aprendido a repetir, sin nunca antes cuestionarlas. Discutimos hasta que mi retórica aprendida los mantuvo en silencio. Todos devolvieron la mirada segura sobre mí. Había ganado una batalla con mentiras; pasé por encima de sus almas libres. Los jóvenes me miraron enamorados, alentados por el acto de violencia y resentimiento intelectual que habían presenciado. 

Seguí con mi baile de discursos cortos. Hablé del papel del estudiante en la sociedad, de la movilización y el crecimiento de una clase intelectual. Levanté la mirada y la ví caminar hacia mí. Mi hermosa Catarina. Tenía consigo siete meses de embarazo, una sonrisa caribeña y un hermoso cabello café, como la noche que solo se vislumbra en el mar. Ella caminaba junto a sus amigas; detrás de sus pasos dejaba un brillo que volvía creyentes a los ilusos como yo. 

Seguí hablando; llenando sus mentes con un panfleto pseudointelectual. Catarina se detuvo en la última fila. Mis palabras comenzaron a tropezarse y sonreí involuntariamente. Los jóvenes vieron tácitos mi acción. Terminé la sesión; todos se levantaron y se fueron alejando en diferentes caminos.

Catarina se acercó; besó mi mejilla y acomodó el cuello de la camisa. Besé su hermosa frente y las palmas de sus manos. En sus ojos ví la verdad; la calma de la tormenta de mi vida.

Ese fue el último momento que me paré a hablar con estudiantes. Desde entonces me dediqué a amar a la hermosa hija que vendría a iluminar mi vida. La razón de todas mis acciones se alejó del movimiento; o podría decirse que ‘el movimiento’ verdadero es: el amor a mi niña hermosa.

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