.- Nav Melech
Gabriel se despidió de Eusebio con lágrimas en los ojos. Ambos se sostuvieron en un abrazo largo, sin dolor ni tristeza, caluroso, fraterno y con risas infantiles que irrumpían la seriedad del momento. Hugo y Fernanda esperaron impacientes a su padre Gabriel, en la entrada del hogar donde crecieron. Gabriel dió su último adiós a Eusebio, su fantasma de toda la vida.
-¿Y ahora? ¿qué sigue? – Preguntó Gabriel.
-Esperarte. – Contestó Eusebio, alzando su copa de brandy para brindar.
Dos años después murió Gabriel de un paro respiratorio. Liliana, su segunda esposa, fue quién le dió de alta en el mundo que nos sigue, o como quieran nombrarlo; paraíso, más allá, el de atrás o el de adelante, el eterno, etcétera etcétera. Liliana molesta iba manejando de regreso a casa.
-¿Y ahora tú? ¿qué te pasa? ¿no estás feliz de verme? – Exclamó Gabriel.
-Ya ni la chingas, Gabo.
-¿Y ahora qué?
-Te dije que no invitaras a mis hermanas.
-¿A dónde?
-A mi funeral.
-¡Oh que la chinga!, cómo no les iba a decir. Además, a mí ni me digas, fue Hugo quién las buscó.
Liliana y Gabriel llegaron a su primera y única casa. En la puerta los esperaban Eusebio y Magdalena. Gabriel bajó corriendo del auto, con la misma velocidad que un joven se reencuentra con un amigo olvidado de la infancia. Liliana sonrió a los ojos de Magdalena, se besaron la mejilla y entraron a la casa mientras Gabriel y Eusebio se abrazaban y platicaban las mismas ocurrencias de siempre.
Al año siguiente, Hugo llegó a vivir a casa de sus padres. Acomodó los muebles de la misma manera a la que su padre le gustaban. Limpió los libros cada tercer domingo, y por las mañanas puso el radio a todo volumen para incomodar a los vecinos. Hugo recordó cómo su padre hablaba con su fantasma, Eusebio; también recordó la forma en la que peleaban constantemente por la manía que tenía Eusebio de azotar puertas y de esconder cosas por la casa.
El primer acercamiento que tuvo Hugo con Eusebio fue a sus treinta años, cuando su padre le encargó quedarse en casa para cuidar a sus gatos y sus preciados libros. Hugo escuchó la voz de Eusebio desde el baño, pidiéndole un rollo de papel y agua con una cucharada de bicarbonato de sodio. Por otro lado, Gabriel conoció a Eusebio a los diez años de edad. A los dos les gustaban los cochecitos de juguete y la música de Soledad Bravo.
Gabriel escuchó atentamente la vida de Eusebio; quién vino a la ciudad desde Michoacán, sus padres murieron cuando él tenía doce años, su tío le dió dinero y lo envió a la universidad para ser abogado, pero en el camino se enamoró de dos mujeres, a quienes procuró en dos partes bastante desiguales. Eusebio enfermó de cáncer a los cuarenta años, y al mes siguiente aprendió a bailar danzón. Su esposa Magdalena lo amó hasta el último respiro de sus días. Ella fue costurera en el centro de la ciudad, y murió en el terremoto del 85, junto a decenas de mujeres más. Gabriel, en su adultez, hablaba de política con Eusebio; y ahí es donde las discusiones se ponían color de hormiga. Gabriel tenía miedo del populismo y del resentimiento, Eusebio por otro lado vivió con la idea de un posible cambio, o de un ‘ajuste de cuentas’, como decía él. Pocas veces estuvieron de acuerdo.
Cuando Gabriel se casó con su segunda esposa, Liliana, Eusebio pidió hablar con ella. Liliana espantada se negó en incontables ocasiones. No fue hasta que Liliana entró en labor de parto y Gabriel estaba fuera de casa consiguiendo el chivo. Eusebio llegó con Magdalena, tomó a Liliana de la mano y le dijo al oído: -Soy amigo de tu esposo. Todo va a estar bien, bonita.- Eusebio no soltó la mano de Liliana hasta que llegaron los vecinos con los paramédicos, y desde entonces Liliana procuró platicar con Eusebio una vez al mes, únicamente para hablar de flores y de su infancia en Michoacán.
Gabriel tenía varios fantasmas que venían a visitarlo. Eusebio llegó a conocerlos a todos. La mayoría eran jóvenes, con sonrisas anchas y con un júbilo incontrolable en los ojos. Eusebio notaba una tristeza enorme en Gabriel cuando sus fantasmas llegaban a casa. Gabriel atesoraba esos momentos que tenía para platicar con sus amigos. Eusebio los miraba un poco preocupado, siempre esperando el momento a que Gabriel se desplomara de tristeza y entonces ya pudiese ayudarlo a levantarse.
Gabriel quiso mucho a Eusebio, y Liliana a Magdalena; y ahora los cuatro miran silenciosamente a Hugo escribir frente al balcón. Eusebio se acerca lentamente a la pantalla para intentar leer algo de lo que el joven trata de recordar y plasmar.
Hugo a diferencia de su hermana, no tiene miedo de hablar con sus fantasmas. La cuestión es que su hermana también los reconoce como una parte normal de su vida, pero la única diferencia es que ella no tiene el tiempo para sentarse a conversar con los que ya no están. Hugo platica constantemente con su papá y su mamá a la hora de comer y dormir. A Eusebio le compra un brandy y se sienta a jugar conquián con él los jueves. Los viernes se sienta a leer en voz alta en la sala, porque sabe que no está solo, y que mejor que compartir un libro de Amos Oz con sus fantasmas.
Cuando Hugo llora, ríe y habla con el silencio, es cuando entiende más y más lo que Bashevis decía:
“Los muertos no se van a ninguna parte. Están todos aquí. Cada persona es un cementerio, un verdadero cementerio en donde yacen todos nuestras abuelas y abuelos. El padre y la madre, la esposa y el niño. Todos están aquí, todo el tiempo.”
Es por eso que Hugo, Fernanda, Liliana y Gabriel hablan solos. Es por eso que muchos de nosotros hablamos hacia las paredes. Algunos sin razón lloramos, o reímos, es lo mismo ya. Algunos hablamos con nuestros fantasmas porque seguramente ellos también se sienten solos y nos extrañan. Pero no somos un cementerio, sino que somos un árbol que crece y crece; que se alimenta de las ramas del ayer para alcanzar con los pétalos la luz del mañana.
Hugo le dió a leer lo que escribió a Eusebio y a su padre; y de pronto, silencio.
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